#ElOjoQueMira | Los espacios fragmentados de Francesca Woodman

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De Francesca Woodman se ha escrito muchísimo, aunque en ocasiones de manera tangencial. Porque Francesca, la mujer, parece absorbida y consumida por su propio mito. Una idea bastante extraña si analizamos su trabajo desde la óptica de su impulso esencial, el hecho mismo que lo motiva: una búsqueda del yo profundamente simbólica, una necesidad casi angustiosa de definir esos espacios interiores vacíos y silenciosos que habitaban en la mente de la artista. Y es que Francesca, la mujer, se debatió durante toda su vida con Francesca la artista, en un debate ciego que según se cree – ¿Y quién podría negarlo? – la llevó a la muerte.

Francesca Woodman provenía de una familia de artistas: sus padres Betty y George eran reconocidos fotógrafos antes que la muerte de su hija los convirtieran en personajes trágicos de una historia mucho más amplia que su propia obra. También lo era su hermano Charlie, de quién poco se sabe, diluido en la mitología formidable de su hermana. Y es que Francesca, el mito, el monstruo artístico de ego obsesivo y frágil coexistían también con la mujer, la secreta y la artista, prolífica y profundamente necesitada de expresar en imágenes la manera como concebía el mundo. Su vida podría resumirse en su enorme obra: sus padres conservan un archivo de casi 800 imágenes que cuentan, mucho mejor que cualquier palabra, las vicisitudes que atravesó Francesca en su búsqueda incesante de identidad. Desnudos de inquietante belleza, juegos de símbolos y una sexualidad tan profundamente asimilada como sutil hacen de sus imágenes una búsqueda de metáfora de la feminidad. Y aunque Francesca quizás no categorizaría su propio trabajo como “femenino” si lo haría como intimista. Profundamente ansiosa por demostrar su cualidad artística – aferrada quizás a esa vanidad creativa tan arraigada en sus obras – comenzó a fotografiar desde los 13 años. Empezó en el mundo fotográfico con una determinación que superaba con creces su niñez: en blanco y negro y de pequeño formato, sus autorretratos cuentan una historia borrosa de desasosiego y asombro por el medio artístico que le permitía construir sus ideas que sorprende a propios y extraños. Al principio, Francesca parecía fascinada por la naturaleza exterior: flores y ramas, pequeños escenarios perfectamente controlados que jugaban una idea sensorial sobre su propuesta artística. Porque para Francesca, en su obra, no había espacio para lo casual, para la idea que podía pender de la interpretación súbita. En el mundo de Francesca – de luces y sombras, de encuadres perfectos y exquisitas historias que la tenían como protagonista – todo parece encajar con una perfección escalofriante, evidente y precisa. Tal vez la artista, en ese génesis de mirar el mundo como una reinterpretación de su propia idea, intento figurar el concepto del yo más allá del tema fotográfico. Un concepto visual que lo abarcaba todo, que parecía crearse así mismo imagen tras imagen.

Y no obstante, muy pronto Francesca pareció trascender el mero plano de lo físico para encontrar algo más abstracto y tangencial en sus ideas. Pareció descubrir las inimaginables habitaciones vacías en su mente y una decisión de enorme importancia en el hecho intimo de su obra, trató de mostrarlo, en un lenguaje  tan profundamente arraigado en si misma que en ocasiones la imagen parece confundirse con su propio espíritu, fragmentos de ese encuentro frontal de la artista con su propia memoria. La imagen que muestra lo misterioso mutó entonces de la naturaleza reintepretada a su propio espacio inquietante: Muros y ventanas rotas, paredes resquebrajadas, enormes habitaciones silenciosas que parecen extenderse de lo real hacia un plano mucho más inquietante, hacia las siluetas que la figura de Francesca dibuja y fotografía. Porque hay algo siniestro en la búsqueda sistemática de la melancolía y la tristeza como elemento esencial en casi toda su propuesta. Hay algo decididamente frontal, en esa necesidad de hablar en símbolos erráticos de una idea que se repite y a la vez no existe. El autorretrato como entelequia propia pero también como expresión reflejo. Las geometrías interiores fragmentadas, como titulo muy acertadamente uno de sus dos únicos libros publicados.

Francesca se suicidó con apenas veintidós años. Y sin embargo, su trabajo posee la profundidad de una alma tan vieja como esa visión del mundo que indaga en el significado, en la manera de mirar el tiempo que se vive como una experiencia y más allá, el misterio del Yo como una creación artística. Tal vez, allí radique su mayor mérito. Tal vez, eso sea su mayor legado: esa decisión de encontrar en su propio espacio interior y también la condena. Un lenguaje crepuscular.

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