#InspirulinaEnImágenes | Esas maravillas que vemos como algo normal

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Vivimos tiempos fascinantes aunque nos cueste creerlo. Escribo en el aire, desde el asiento 2E en clase ejecutiva. Almorcé salmón noruego, vino chileno y café venezolano a 30 mil pies de altura. Sin duda, una pequeña proeza logística cuyo único fin es brindar placer al viajero. Visto en contexto esto es un privilegio, pero si caemos en comparaciones, podría lucir una como una nimiedad si pensamos que a esta misma hora hay decenas de pasajeros flotando en primera clase entre París y Dubai acariciados por lo que es, literalmente, un lujo asiático.

Solo por aclarar, esta no es una disertación sobre la relatividad del lujo. Porque el orden de las cosas ha sido siempre así: existen ciertas personas (Kim Kardashian, por ejemplo) cuya vida cotidiana se revela ante los ojos de otras como un festín inalcanzable (Ana X, digamos). Claro, hoy en día existen más billonarios que antes y no hace falta la sangre azul para alcanzar el reinado de las masas.

Esta es una divagación sobre las maravillas que nos rodean y la poca conciencia que solemos tener de su existencia.

Una de las historias que más llama la atención de mis hijas tiene que ver con mi infancia televisiva. En aquel entonces, pongamos mediados de los setenta, en Venezuela veíamos únicamente cuatro canales de televisión en blanco y negro. Eso era todo. Si querías ver la pantalla a color debías instalar algo llamado el antifiltro (un dispositivo que jamás apareció en casa) y lo más parecido al entretenimiento on demand era una película en Betamax (que no todos teníamos).

Ahora explícale eso a unas niñas que han crecido con Netflix, YouTube y Nintendo. Es como imaginarse el mundo sin teléfonos, y no hablo de los inteligentes. O sin electricidad. Para muchos esto sería el equivalente a vivir en las cavernas, con el agravante de que no se parecería a la película de los Croods.

Fíjate bien. Este es un mundo fascinante, dentro y fuera de la pantalla.

Entre las expresiones anglosajonas que más valoro está take it for granted. La mejor traducción sería “asumir que algo está garantizado” y aplica para esas cosas o situaciones que experimentamos como el estándar normal, incluso, como si así hubiesen sido desde siempre.

Pero basta tomar consciencia por un instante para abrir las puertas al asombro. Porque almorzar salmón sobre las nubes es una proeza ante las verduras hervidas que mis ancestros debieron haber comido durante las semanas que duró su viaje transoceánico a las Américas. Aquellos eran tiempos cuando la idea de bussiness sonaba más a “mano de obra inmigrante y barata” que a cualquier otra cosa.

Lo que me trae de vuelta a este presente fascinante y todas sus posibilidades. Porque estoy convencido de que no necesariamente todo tiempo pasado fue mejor, creo que lo mejor que podemos hacer ante tantas maravillas cotidianas es tomarnos un instante para observarlas, ser conscientes de su existencia y disfrutarlas de la mejor forma posible.

O dicho de otra manera, de poco sirve tener un mundo de oportunidades al alcance de la mano si nuestro mayor interés es matar el tiempo, aletargar la mente o hacer lo que nos dicen que debemos hacer. Este mundo se despliega de formas muy diversas (y muchas veces contradictorias) para ofrecernos caminos que nos permitan construir la vida que queremos.

Reconoce. Disfruta. Aprovecha todo lo que tienes a mano.

P.D. Que Kim Kardashian sea un fenómeno insufrible no me parece señal de decadencia, al contrario, es una muestra de que con olfato, desfachatez y escrúpulos en el subsuelo es posible cautivar audiencias. Asunto nada nuevo, solo que ahora Twitter lo hace inmediato y masivo. Así que Kim, a su modo, ha sabido exprimirle el jugo a su (¿pobre?) vida.
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#InspirulinaEnImágenes | La felicidad es más simple de lo que parece.

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La búsqueda de la felicidad es un denominador común entre nosotros los humanos. Cada quien podrá tener su idea lo que ésta signifique, pero en el fondo ese anhelo está allí, esperando el momento cuando nos demos cuenta de que es importante.

En días recientes fui invitado a dar una charla a los estudiantes del postgrado de diseño interior de la Academia Domus en Milán y Patricia Urquiola, mentora del programa y una de las diseñadoras más importantes de la escena actual, me sugirió que les hablara de algo que ampliara sus horizontes.

Decidí hablarles de la importancia de cultivar un propósito de vida y construir una existencia feliz, temas en apariencia inconexos con sus estudios académicos, por no decir que lejanos a la experiencia de tener menos de 30 años y vivir como estudiante internacional en Milán.

En el grupo había gente de todas partes: brasileños, turcas, taiwaneses, mejicanas, italianos, colombianos y japonesas, entre otros. El inglés fue el idioma que nos sirvió de puente. Por las miradas y los comentarios que recibí esa tarde comprobé que sin importar la procedencia o la historia personal hay asuntos que interesan a toda persona con un corazón que palpite. Llevar una vida con significado, balance y plenitud es uno de ellos. O como me comentó una chica milanesa al finalizar “cada vez más me doy cuenta de que no puedo vivir a toda velocidad sin tomarse un tiempo para mi misma”.

En las últimas décadas se han multiplicado los estudios sobre la felicidad. Desde la neurociencia hasta la psicología se busca entender lo que significa, los caminos para alcanzarla y como mantenerla. De allí surgen teorías, fórmulas mágicas y manuales de autoayuda.

Al final todo se resume en una experiencia de paz y profunda satisfacción con nuestro presente más allá de las circunstancias y los inevitables altibajos de la vida. Algo que termina siendo muy simple pero que complejizamos de muchas formas, entre otras razones, porque no solemos darle prioridad e importancia a su cultivo. Dicho de otro modo, nos distraemos persiguiendo muchas cosas que prometen traernos la felicidad y olvidamos buscarla en nuestro propio corazón.

¿Por dónde comenzar? A los chicos de Domus les sugerí cinco caminos para explorar: Cultivar un propósito de vida más que trabajar por trabajar. Recordar que no solo en diseño “menos es más” si realmente queremos aligerar las cargas. Aprender a vivir en el presente y así no perdernos en remordimientos o ansiedades. Abrir espacios para el silencio que nos permitan conectar mejor con nosotros mismos. Y finalmente entender que la felicidad no significa una alegría perenne o una euforia sin final. Las verdad, más que una emoción o un sentimiento pasajero, la felicidad es algo así como una energía de fondo que colorea nuestra experiencia para llenarnos de contentura.

Cinco vías para explorar sin importar que estemos en China o Argentina. Y una vez que ese anhelo de felicidad toma cauce y le prestamos atención vienen cambios de todo tipo. La vida deja de ser un accidente o una tormenta para transformarse en una experiencia más poderosa. Y a partir de allí nuestra humanidad se expande para adquirir una dimensión más profunda. Sobre todo, más plena y satisfactoria.
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#InspirulinaEnImágenes | Reprimir un derecho es negarlo.

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La violencia es un diablo suelto. Un diablo que se muerde la cola. Gira fuera de control llevándose a todos por delante. Una vez en movimiento es impredecible, insaciable, a veces incontenible. Durante los últimos días los venezolanos han sido víctimas de este trompo peligroso. Como si no fuera suficiente la inseguridad que el año pasado acabó con la vida de casi 25 mil personas, ahora la violencia tomó las calles en uniforme.

¿Quiénes son los violentos en esta historia? Depende quien pregunta. Y quien responda.

El drama de Venezuela no es solo la polarización política. Es la deshumanización. La separación. La división sembrada para alcanzar y mantener el poder. Producto de todo esto alza vuelo una violencia que aparece con distintos rostros. Sin distinguir bandos.

“Los violentos son ellos”, una respuesta que dibuja un círculo para dejar a los otros afuera. Porque adentro estamos nosotros. Los que no sentimos la violencia. Los que no la hemos ejercido nunca.

¿De verdad? Observa lo que sucede a tu alrededor. Lo que dicen. Lo que dices. Lo que corre por las calles.

La violencia es un diablo suelto que sabe esconderse en la mente. Y desde allí secuestra la conciencia.

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El miedo puede ser muy mal consejero. Sobre todo cuando se tiene un arma en las manos. Ese arma puede ser un revolver, una cuenta de Twitter o una posición de poder. Cuando se actúa desde el miedo toda acción se justifica en defensa propia. Eliminar al otro termina justificándose como la única alternativa. El rehén del miedo cree que no hay más remedio.

Desde el miedo toda diferencia luce como una amenaza.

El miedo es muy efectivo para manipular. Al contagiar a las personas con miedo se borra el espacio de la respuesta conciente. Desde allí todo es reacción, defensa, retaliación. Actuando desde el miedo se inhiben los caminos del entendimiento porque es difícil (a veces imposible) entender a quienes piensan distinto. Solo hay oídos para sintonizar con las ideas afines. Toda diferencia de opinión es un ataque.

El miedo enferma. El poder también. Cuando esa enfermedad se hace epidemia vienen las mayores tragedias.

Los derechos son universales o no lo son. Pedir tolerancia y excluir al mismo tiempo es incongruente. Es fácil ver la paja en el ojo ajeno. Lo difícil es observar las incongruencias desde adentro. Cuando pedimos paz pero deseamos guerra vamos por el camino equivocado.

¿Significa esto que debemos evitar el conflicto? No. Rehuirle solo hará que crezca. Pero el conflicto se resuelve desde la paz y la firmeza, que no son excluyentes. Hacerlo desde las balas y el abuso es apagar con gasolina el fuego.

No hay tus muertos y mis muertos. Son de todos. No hay tus derechos y los míos. Son compartidos. No hay mi verdad y tu mentira, ambas se encuentran en algún momento. Y desde allí, reconociendo lo que nos une y honrando las diferencias, es posible desarmar la bomba de tiempo que tiene años haciendo tic-tac.

Quienes ayer pedían justicia social y hoy piden cárcel para quienes desde las calles piden esa justicia están cegados por el poder. Reprimir un derecho es negarlo.

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Actuar desde la No Violencia, liberarse del miedo, reconocer la exclusión de los legítimos derechos a quienes disienten bajo un discurso que dejó de ser inclusivo hace mucho tiempo.

¿Qué más?

Entender que solemos defender posiciones en lugar de intereses. La posición ideológica puede ser distinta en Venezuela, pero el interés común de paz, seguridad y progreso no tiene banderas. Tiene una sola. Y bajo ella cabemos todos.
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#InspirulinaEnImágenes | La verdadera independencia

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inspirulinaEnimagenesEnero2013

¿Tomas tus decisiones de manera autónoma? De ser así estás en el camino del auténtico bienestar. Pero si tus decisiones dependen de otros, o están supeditadas a la aprobación de un grupo o poder superior, estás en un callejón limitante. Así llevarás tu vida siguiendo dictámenes ajenos que has asumido como propios; quizás violentando tus creencias.

El poder de decidir es el más grande que tenemos. Y actuar según los dictados de la consciencia no es solo un síntoma de independencia sino también de madurez. Tener autodeterminación es clave para crecer.

Por el contrario, ceder nuestra autonomía y autodeterminación por ajustarnos a una ideología, religión, militancia o dependencia afectiva es señal de inmadurez. Nos resta poder y nos coloca en una posición vulnerable.

El psicólogo Walter Riso define la autodeterminación como la integración y puesta en marcha de tres necesidades básicas: Vinculación, o establecer relaciones interpersonales satisfactorias, asertivas y dignas. Competencia, o sentirse capaz de llevar adelante exitosamente las aspiraciones y metas individuales; y Autonomía, o gobernarse a uno mismo. Autonomía viene del griego autos (propio) y nomos (ley). “Graba este significado en tu mente” escribe Walter Riso “autonomía significa la capacidad de regirse por las leyes que han sido dictadas por la propia consciencia. Es decir: emancipación e independencia emocional”.

O para llevarlo a una mezcla potable: pensar y actuar ante la realidad desde la libertad individual, en lugar de hacerlo desde los dictámenes del grupo.

Y permíteme darle otra vuelta a la tuerca. Prometo no ponerme demasiado intenso.

Cuando hablo de individuo no me refiero a la persona aislada y egoísta que desconoce su entorno. Me refiero al ser humano que ha logrado la individuación (en el sentido que le da Carl Jung) que no es otra cosa que conocer nuestra peculiaridad más interna, última e incomparable. Llegar a ser uno mismo.

Este proceso de autodescubrimiento y autorrealización nos permite vivir a todo nuestro potencial comprendiendo más allá de nuestro mero Yo para incluir a los otros. ¿Para dónde voy? A que el individuo libre y autónomo hace su camino en conexión con el entorno sin supeditarse o someterse. Es libre, pero no irresponsable. Tiene autoderminación, pero no da la espalda al mundo. Es independiente, pero sabe que a la vez estamos interconectados.

Sirvan todas las vueltas anteriores para abrir la nuez de esta columna: Tú eres quien se hace a sí mismo y nadie puede decirte como pensar. Desde el presidente hasta tus padres, pasando por maestros o amigos, nadie tiene el poder de forzarte a llevar una vida que no esté alienada con tu consciencia… A menos que renuncies a tu autonomía y les concedas ese poder.

Cuando entregamos nuestra autonomía para calzar en dogmas o militancias estamos comprando el argumento de que “eres libre para hacer lo que te permitamos”. Si te sales del corral eres un hereje, un paria, un traidor.

¡Bonita manera de ponerle barreras al potencial humano! Con un discurso de liberación son muchos los líderes y grupos de poder que han sometido a millones de seres humanos. Una contradicción que se resulta invisible a los seguidores bombardeados por la propaganda.

¿Exagero? Mira a tu alrededor. Obsérvate a ti mismo. Toma consciencia de la forma como interpretas el mundo y tomas tus decisiones.

Siempre estás a tiempo de alcanzar una verdadera independencia. La que defines de forma autónoma y no dentro de las filas de una iglesia, un partido político o un grupo.

eli@inspirulina.com

 

#InspirulinaEnImágenes | ¿ Ya compraste el regalo ?

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inspirulinaEnImagenesDiciembre2013

Llegó diciembre y de nuevo mi esposa me invita a la cama, despliega el Excel en la pantalla y comienza a organizar la compra de regalos. Un temblor me comprueba que sufro una suerte de alergia ante el asunto. No es que sea un Grinch y desprecie la navidad. Mas bien soy lo que según Facebook y la etiqueta tradicional representa un mal amigo: no le presto demasiada atención a las celebraciones y a duras penas compro 3 regalos en el año.

No es que sea tacaño (o quizás sí, inconscientemente) o que no le de su merecida importancia a las relaciones. Es que simplemente se me olvidan las fechas (aunque la tecnología me roba cada vez más esa excusa) y no me siento cómodo con la compramanía que arrastra a todo el mundo en navidad.

Además tiemblo cada vez que Gabriela activa el Excel porque se que llegó el momento de tomar decisiones. Sean vacaciones, menú del fin de semana o presupuestos de remodelación, todo pasa primero por las celdas de su software favorito.

– ¿Qué le quieres regalar a las niñas?- me pregunta.

– La verdad no tengo idea- le respondo.

Recuerdo una tarde noviembre hace casi 30 años. Al regresar del colegio vi un ponqué sobre el mostrador de la cocina y le comenté a mi madre “¡Que rico, me encantan tus tortas”! Ella me vio con esos ojos que son puro amor y me dijo “Es que me provocó comer una esta noche”.

Aquel era el día de su cumpleaños. De ello me enteré más tarde cuando mi hermana me dijo, como aún lo hace “¿Ya felicitaste a mamá?”. Lo hice y le entregué una flor del jardín. Sí, una salida fácil y barata.

Mi hermana sabe como son las cosas. Ella es una santa que a estas alturas de la vida ya no espera mi llamada en su cumpleaños, pero debo decir en mi beneficio, que los últimos dos años la he sorprendido gratamente. Gracias iCal por los favores recibidos.

Por mi parte, cuando llega mi cumpleaños agradezco inmensamente las felicitaciones de esos amigos y familiares maravillosos que lanzan un email o un mensaje por FB sin esperar nada a cambio. Literalmente. Pueden pasar tres meses antes de que les envíe una respuesta. Claro que cada vez son menos los que me escriben y no los culpo. Igual los amo y los llevo en mi corazón.

¿Soy un caso perdido? Puede que sí. Aunque prefiero pensar que en realidad le doy importancia a otras cosas. Como un abrazo cualquier día del año o una conversa casual.

Pero eso no me exime de los regalitos de navidad. Aún así, finjo locura y ofrezco mi cariño en vivo y directo. (Esto no funciona con mis hijas). A estas alturas del juego toda la familia sabe que si aparezco con un regalo fue porque lo compró Gabriela. Y por supuesto, es perfecto para la ocasión.

– No te regalé nada para tu cumpleaños pasado ¿cierto?- le pregunto conociendo la respuesta.

– No -dice sin levantar los ojos del Excel- Pero me gustaría que lo hicieras en estas navidades.

– Tú sabes que yo les entrego mi amor todos los días de muchas maneras- es lo único que se me ocurre decir para salvar el pellejo.

– Yo lo sé. Pero podrías hacer un esfuercito para expresarlo envuelto en papel de regalo.

Touché.

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#InspirulinaEnImágenes | Hay más allá afuera

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inspirulinaEnImagenesNoviembre2013

Al mirar el firmamento en una noche estrellada es difícil no sentir asombro ante la enormidad del cosmos y lo ínfimo de nuestra existencia. Tanto espacio y cuerpos de luz titilando, y ahora sabemos que apenas observamos una mínima fracción del universo. Un cambio de mentalidad, sin duda, comparado con nuestros ancestros que pensaban habitar el centro de todo cuanto existía, y para rematar, ese todo giraba a nuestro alrededor.

No es de extrañar que nuestros ancestros pensaran de esa manera. Sus sentidos parecían corroborar sus creencias, y a la vez, sus creencias eran validadas por las limitaciones de sus sentidos. ¿Cómo imaginar la danza de las galaxias o los agujeros negros si no tenían forma de observarlos? En aquel entonces, al igual que ahora, los humanos nos movíamos en el umwelt de lo que nuestra mente es capaz de conocer.

¿Qué significa esto? Que hay ciertos aspectos de la realidad que nuestro cerebro puede experimentar y otros que sencillamente se le escapan. El neurocientífico David Eagleman explica esto usando como referencia los estudios de Jakob von Uexküll a comienzos del siglo XX. Este biólogo alemán observó que cada animal se mueve en el espectro de la realidad que sus sentidos captan. Una pulga, por ejemplo, vive en un mundo ciego, pero rico en olores y sensaciones térmicas. Un murciélago se relaciona con el entorno en función del sonido y ciertos peces consiguen su alimento captando los campos electromagnéticos de sus presas. Ese mundo que perciben es su umwelt (el entorno que los circunda) y todo lo que queda por fuera, una realidad mayor, es el umgebung.

Lo mismo nos sucede a nosotros los humanos. Lo que percibimos y comprendemos del mundo que nos rodea está limitado por nuestros sentidos. Eagleman usa el ejemplo de la luz: lo que nuestros ojos pueden registrar es una mínima fracción del espectro electromagnético existente. Claro que podemos ver el rojo y el violeta, pero no podemos ver el infrarrojo o el ultravioleta, cosa que si pueden hacer las serpiente de cascabel y las abejas y les resulta tremendamente útil. Y ni hablar de todas las radiaciones que en este momento atraviesan tu cuerpo mientras lees. Desde señales de televisión hasta microondas provenientes de lo más profundo del cosmos, vivimos rodeados de una telaraña de ondas electromagnéticas que no percibimos porque sencillamente no tenemos forma de hacerlo.

Bueno, más o menos. Porque acá es donde entra la tecnología como una extensión de los sentidos. En la medida que el ser humano depura los instrumentos de observación ha podido expandir el horizonte de su realidad. Hoy en día conocemos la existencia de partículas subatómicas como los bosones y podemos teorizar sobre asuntos tan complejos como el multiverso, o la coexistencia de múltiples universos paralelos, incluyendo el nuestro. Esto ha expandido nuestro umwelt, o entorno circundante, a la vez que nos muestra la vastedad del umgebung que aún no conocemos.

¿Y a dónde nos lleva todo esto? Hay quienes piensan que llegará el momento cuando lograremos desentrañar los misterios últimos de la realidad que nos circunda. Yo no tengo ni idea si llegaremos. Lo que sí se es que todo esto que veo (o que percibo, debería decir) es apenas una fracción de cuanto existe. Una representación de los sentidos, como le sucede a la pulga y el murciélago, con la diferencia de tener conciencia de ello.

Y saberlo agranda mi asombro ante la cotidianidad y el universo.

eli@inspirulina.com

#InspirulinaEnImágenes | Prepara tus maletas

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inspirulinaEnImagenesOctubre2013

¿Has realizado ya el viaje de tus sueños? Si la respuesta es aún no, considera subirlo al tope en tu lista de prioridades. Claro, lo se, seguramente en este momento hay otros asuntos que lucen más urgentes o importantes, pero si año tras año vas dejando ese viaje en la columna de asuntos pendientes corres el riesgo de que termine en el cesto de las oportunidades perdidas. Y hay experiencias que vale la pena vivir antes de emprender el viaje final.

¿A dónde quisieras ir y por qué?

Destinos hay tantos como quieras y existen miles de razones para hacer un viaje. Por ejemplo, hace poco visité Oporto porque un día, hace ya bastante tiempo, se me metió en la cabeza que quería tomarme una copa de vino frente al río Douro. Ahora entre las fotos que guardo en mi cabeza hay un atardecer con el hermoso perfil de esa ciudad fortificado con el sabor a madera de un Tawny.

“El mundo es un libro y quienes no viajan leen solo una página” escribió San Agustín hace más de mil seiscientos años. Aquella era una época en la que ir a las fiestas del pueblo vecino constituía ya una aventura. Ahora, cuando puedes estar al otro lado del planeta en 24 horas, ese libro abierto está esperando a que te decidas. Y muchas veces a precio de oferta.

Pero no tienes que darle la vuelta al mundo para que tu viaje sea grandioso. En oportunidades el destino soñado puede estar a la vuelta de la esquina.

Como sucede con los grandes libros, un buen viaje te transforma al brindarte otra perspectiva de la vida. Cuando viajas logras ampliar tus referencias para entender que no hay una sola forma de hacer las cosas. Y si bien esto es algo que podrías lograr navegando por internet, la verdad es que resulta mucho más divertido hacerlo en carne y hueso.

Además, hay algo que sucede al viajar y no tiene que ver con el paisaje. Se trata de las mudanzas internas, porque un buen viaje engrana el traslado del cuerpo y del alma hasta llevarnos a otro nivel. Y acá no hablo de esas vacaciones de dos semanas con riguroso itinerario de guía turístico. Me refiero a esos viajes donde tienes tiempo para perder y el plan cambia según avanza el día. Viajes en los que te pierdes y te encuentras. Donde buscas, pero sobre todo, encuentras.

“El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos caminos, sino en tener nuevos ojos” escribió Marcel Proust. Quizás por eso hay personas que estallan de emoción al visitar el océano a pocos kilómetros de casa o al subir a los Himalayas. Y es que los nuevos ojos no aparecen por lo que miran, sino porque después de la experiencia el observador ya no es el mismo.

Entonces ¿Vas a posponer de forma indefinida esa oportunidad? Fíjate bien si las razones para quedarte en casa no son en realidad un compendio de excusas y recuerda que el momento ideal para hacer algo rara vez llega. Mejor decide ahora, porque mañana quién sabe.

Solo un caveat final: en la medida que viajas comienzan a surgir ideas para otros viajes. Por ejemplo, en este reciente atardecer en Oporto pensé ¿qué tal cruzar el Atlántico para celebrar los 50 años? Toda travesía comienza con un sueño, y para este ya tengo un primer ingrediente: una botella de Tawny 1994. El mismo año cuando decidí renunciar a mi trabajo para irme de morralero al sudeste asiático a leer aquellas páginas.

eli@inspirulina.com

#InspirulinaEnImágenes | Las imágenes en mi cabeza

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En estos tiempos de fotografía digital, cuando no lo pensamos dos veces para sacar el Smartphone, capturar algo y compartirlo en las redes, estoy convencido de que las mejores imágenes las guardamos en nuestra memoria. Y si bien el disco húmedo de nuestro cerebro pareciera frágil a la hora de almacenar los momentos inolvidables, sí tiene una clara ventaja frente al archivo .jpg en tu computador: te conecta emocionalmente con el momento.

De las fotos mentales que atesoro en mi memoria (la cual es como un queso gruyere, con un montón de agujeros pero cargada de sabor) hay una que me encanta. Veo un sol naranja cayendo en el horizonte, el mar está plácido y tengo mis pies enterrados en la arena. Sí, lo sé, no es una foto muy original. Pero cuando viene a mi mente ese sol benévolo recuerdo también que estaba en Malasia, de morralero en las islas Gili, y me sentía tremendamente feliz. Entonces me dije “que este sol me acompañe en los días grises”.

Y allí ha estado como parte importante de mi reserva emocional. Ese sol, y el recuerdo de esos días cuando el mundo parecía estar muy lejos de aquella orilla, ha regresado muchas veces para decirme que la vida es más que la carrera enloquecida en el trabajo, o que el estrés inútil por controlarlo todo, o que esos períodos cuando las cosas parecieran estar en neutro y sentimos que no avanzamos.

Acá hay otra foto. Estoy acostado en cubierta y mi velero se balancea bajo la noche estrellada. Es uno de esos cielos protectores de luna nueva, cuando los puntos de luz nos hablan del universo entero. Voy rumbo a República Dominicana y pienso que es una bendición estar allí, impulsado por los elementos. Entonces me digo “que esta sensación me acompañe en las tardes encerrado en la autopista”.

Y funciona. No siempre con la misma eficacia, pero ayuda. En ese momento procuro no caer en la tentación de decir “quisiera estar allí, y no acá”, sino conectarme con la emoción de aquella vez y traerla al presente sin apego, solo para recordar que así como hay tardes de tráfico infernal, también hay noches de placidez.

Con el paso del tiempo estas fotos mentales van cambiando en la plastilina de la memoria. Aquel sol naranja y ese cielo estrellado han mutado de la misma forma como voy cambiando a través del tiempo, pero aún así, no se diluye la energía emocional que irradian. Y aunque tengo un montón de fotos impresas en una gaveta (en aquellas épocas usaba película y revelaba las imágenes) por alguna razón son estas las que guardan mayor significado.
Y ahora que escribo me doy cuenta de que jamás tomé la cámara (ahora sería el Smartphone) para capturar el momento. Creo que la vida se ve mejor en directo y no a través del monitor.

Una última foto. Ayer manejaba rumbo al colegio y disfruté con mis hijas de un arcoiris vibrante sobre el mar. Comenzaba en unas nubes todavía cargadas de lluvia y el final entraba con fuerza en el agua azulísima. Nos imaginamos que allí saltaban los peces de colores que habitan los arrecifes y que algunos intentaban remontarlo como si fuera un río. Al llegar al portón las despedí con un beso y me dije “que el recuerdo de esta mañana me acompañe cuando se vayan de casa a hacer sus vidas”.

Para fortuna mía el sol, el mar, las estrellas y los arcoíris siempre estarán allí. ¿Y mi memoria? No puedo asegurarlo, pero al menos mientras pueda revisar el álbum de fotos en mi cabeza tendré la oportunidad de conectarme con esos momentos a cuerpo entero.

Eli Bravo
eli@inspirulina.com