#MontadoEnLaOlla | Tratado del desolvido

Ver en la revista (Recomendado)

Mirar más allá de lo prudente. Tratado del desolvido. Por un año más
Cuando estudiar diseño gráfico era –apenas– una posibilidad para mi, tuve dos razones que me dieron el puntapié necesario para decidir esa nueva vía de andanzas en mi vida. La primera era que no quería ser un músico de metro (música es lo que había decidido cursar) y la otra es que en el pensum de estudio de la carrera había tres semestres de fotografía. Quizás, en lugar de cambiar música por diseño, habría sido más fácil hacer un curso de fotografía mientras estudiaba música y tal vez habría llegado a divertirme (y ganarme la vida) tocando en el metro o fotografiando en alguna que otra boda o quizá haciendo ambas cosas en una primera comunión.
Lo relevante de este cuento, a mi modo de sentir, es que desarrollé –más allá de lo prudente– un criterio, una manera de mirar el mundo que está fuera de mi y, en consecuencia, una forma especial de entender el otro mundo, el que llevo dentro.
Admiro a los fotógrafos. Admiro a los que pueden detener su mirada en una imagen que muestre millones de cosas, que hable, que enmudezca, que grite. Eso me sensibiliza. Admiro su capacidad de arrancar pedazos de la vida y entregarlo en forma de “foto”, eso sí que es un regalo inmenso (aunque no lo recibamos). Admiro tanto a los fotógrafos que prefiero no ser –jamás– uno de ellos. Son tan necios y arrogantes que yo mismo no podría serlo aún más (ya tengo bastante de esos dos ingredientes en mi cuerpo). Y es que ­–con el permiso y el perdón de ellos– no conozco el primer fotógrafo con humildad, pero ha de ser parte de lo divertido o de lo artístico (supongo). En cualquier caso, esa arrogancia y ese arte contenido me ha llevado a “mirar” distinto.
“Mirar”, en términos –estrictos– visuales , me ha enseñado a desarrollar el talento de “mirar” (hablo ahora del olfato en términos –estrictos– de intuición), lo que ha representado tener un amplio espectro de la acción de observar. He aprendido que lo prudente no es necesariamente dejar de mirar, sino administrar lo que vemos, lo que decimos de ello, lo que hacemos con eso. Podría –por ejemplo– ver, con una facilidad enorme, cuando dos personas (o más) se comunican públicamente con códigos indescifrables para los demás. Podría resolver la matemática de las palabras que observo reconociendo el error de estilo visible. Podría –casi– escuchar conversaciones en mi mente que me cuentan (esto es sólo ficción) el cómo ocurrieron los hechos que condujeron las cosas para crear las situaciones que estoy viendo hoy. Podría –como un perro– “oler” lo que está pasando, pero saberlo a ciencia cierta, investigarlo, no me parece prudente, prefiero que se esfume esa fantasía o escuchar una verdad. Finalmente esto trata de “mirar” y en consecuencia poder “ver”.
Justo ahora, cuando se cumple un año de haber recibido la invitación de mi amigo Ricardo Arispe a participar en este proyecto @detodounfoco quién (junto a todo su equipo de trabajo) me abrió las puertas a un chat room público, no quiero hacer otra cosa que agradecer y sonreír con el espíritu del vencedor (o sobreviviente). Verán, yo jamás olvido, al menos eso he creído por un buen tiempo. El recuerdo es, en gran parte, lo que sigue alimentando mi futuro y ya no hablo de un pretérito personal sino de un camino, una direccionalidad, una vía hacia adelante para lo que quiero y lo que ya no. Dicho en términos fotográficos: foco. No hablo de una parada de autobús sino una dirección que seguir. Voy por un año más y luego otro (y otro). ¡Enhorabuena!
He aprendido a amar (aunque de mala manera) y he aprendido a odiar (de una forma más bien elegante), he aprendido a olvidar y a traerme del olvido los mejores recuerdos, he caminado (amén de lo divino, sutil, hermoso, delicioso, enriquecedor, musical, sensorial y pare usted de enumerar) un camino necio, obstinado, obscuro, confuso, competido, amenazado, burlesco, casi bipolar, propicio para dar pasos en falso y gracias a ello he aprendido a caerme mi has veces pero la mejor práctica ha sido levantarme (que me ha costado una bola), y cargarme en los demás. He aprendido a creer en la gente aunque mientan y he recuperado mi capacidad de asombro. He visto los amaneceres (y atardeceres) más hermosos del mundo y he comenzado a ser discreto en el arte de soñar imposibles, he sido monógamo en esto del café y estrictamente disciplinado en aquello de conservar –intacto– su aroma, como esa imagen de la taza con lunares.

Doy gracias. Gracias infinitas a todos los que han colaborado con este delicioso andar, les amo, jamás les voy a olvidar, incluso a algunos les he recuperado del olvido. No se si exista esta palabra, pero me gusta presumir de desolvido.
“Buenas noches, amigos y enemigos”.
@pochogarces

Ver en la revista (Recomendado)

#MontadoEnLaOlla | La foto, el horizonte y el Cambio de clave.

Ver en la revista (Recomendado)

Cuando comencé a estudiar diseño, recuerdo, el formato de trabajo era –hoy lo entiendo– lo más importante. Todas las entregas eran presentadas, por exigencias de la escuela, en proporción 1:1. No estábamos preparados para hablar de formato “alto”, mucho menos “apaisado”.  No existía instagram ni esta moda de las cosas “cuadradas”. Siempre he andado lejos de las modas, podría jurar que en dimensiones distintas y a miles de kilómetros de distancia de ellas.

Buscando no encajar en un “grupo” aparcaba en otro: el grupo de los que no encajan en otros grupos. Nunca quise ser diferente, sólo normal, eso sí, sin norma, era entonces cuando sentía que tampoco quería estar en la caja de los que no caben en otras cajas. Me han llamado hippie, bohemio, artista, vago, poeta, sensible, amargado, genio, mamarracho, mujeriego, músico, mentiroso, encanto y qué se yo cuantas cosas más. Por fortuna y para mi felicidad, jamás me han llamado “comerciante”.
La moda me alcanzó o yo llegué a ella o simplemente nos encontramos. Ahora uso Facebook, Twitter, instagram y tengo un iPhone.  Me fui por el formato 1:1 y por supuesto, desde ese día he tenido discusiones con amigos, me han dejado algunos aviones, he perdido varios contratos y un montón de sonrisas, por “cuadrado”, eso me han dicho.
Me gusta ver fotografías apaisadas. Son mis favoritas. Pero siempre fotografío en vertical y después las llevo al cuadrado. Es como si me diera miedo ver lo que miro medido con el horizonte. El firmamento, en otras fotos, me llena de sensaciones tan inmensas como sabrosas, tan extrañas como fantasiosas. El formato puede hacer la diferencia.
El horizonte puede mostrarme la verdadera distancia entre el cielo y el mar, invita a asomarme en la inmensidad y descubrir las naves “flotonas” en direcciones distintas sobre la misma mar, cuyo destino será la orilla. Puede mostrarme las líneas que dibujan el camino que falta por recorrer o las nubes descarando formas y luces. Una vertical me pone –ante los ojos– la grandeza, la soledad y la firmeza de estar vivo con elegante dignidad, pobreza y belleza, aunque me oponga al efecto de la fabrica de nubes negras. Una cuadrada hace que mis ojos se den el banquete del color inflexible, me muestra las geometrías redondas y la verdad detrás de los genes.
Ya no soy el mismo y me encanta no serlo, hay cosas que no cambiarán jamás, pero he cambiado. He cambiado la clave. La clave es mirar. Creo que ahora estoy mirando al lugar correcto y no paro de reír y sonreír y volver a reír, aunque llore. Me he encontrado con viejos amigos y he recibido a gente nueva, hasta tengo un grupo en whatsapp que me divierte y me reconcilia con la felicidad, me hace parecer loco cuando ando en la calle porque me río de todo y de nada, me doy cuenta que, en la calle, ya la gente no se ríe, ni en las reuniones de trabajo, ni en la intimidad de la familia. Yo ahora me río y mi propósito es seguir riendo. Tengo nuevos propósitos y una nueva dirección: un horizonte. Sigo sin escuchar reggaetón.
http://pochogarces.com
@pochogarces
@recetasen140
@comidadesoltero

Fotografiás: @rarispe, @cerezapiche, @yurarod, @pochogarces

Ver en la revista (Recomendado)

#MontadoEnLaOlla | Del crepúsculo al acaecer

Ver en la revista (Recomendado) 
Del crepúsculo al acaecer

El tiempo me ha mostrado que cada momento es perfecto, aunque –hablando del tiempo– quizá deba decir “relativamente perfecto”. Los colores cambian ante nuestros ojos de acuerdo al tiempo que dure expuesto a la mirada. Son pequeños cambios. Casi imperceptibles. Son matices y, en algunos casos, ilusiones.

La luz, esa cosa etérea y maravillosa que casi todos conocemos pero que no sabemos exactamente qué es, incide también en nuestra percepción del color, también relativa al tiempo. Se dice que la luz es el “agente físico que hace visibles los objetos” o aquella “claridad que irradian los cuerpos en combustión, ignición o incandescencia”. Los filósofos pueden verla como el comienzo, el origen, el inicio. Para los religiosos y creyentes es símbolo de pureza, de lo divino, lo venido del cielo. Los estúpidos la nombran porque otros lo han hecho. Los payaso se sienten, tristemente, iluminados por ella. Para los “copycat” es un imposible. Los olvidados la buscan para recordar. Puede que la luz esté asociada a todas esas cosas juntas. Puede que sólo sea ausencia de oscuridad o exceso de belleza. No lo se. Es luz, como la de las bombillas, como la de los faros de los puertos que procuran —en cada giro— 12 segundo de oscuridad, como la que nace en la pantalla de proyectores de cine, la que irradia el sol, la que esconde mi tatuaje, la que fotosintea (no se sí existe esta palabra, pero me gusta) a mi limonero y mi árbol de granadas.

Los científicos estudian el comportamiento de la luz, sus características y sus manifestaciones. Ese estudio es lo que los físicos llaman “óptica” y ese vocablo, también es usado en fotografía para referirse al “lente”. Me gusta el origen de esa palabra porque proviene del latín “lentis” que quiere decir “lenteja”. Me gustan las lentejas. Son mágicas.

Los crepúsculos son un buen intento de la naturaleza para mostrarnos que hay cosas más grandes, hermosas y complejas que nosotros mismos. También son oportunos actos para relacionar el tiempo, la luz y el color (incluido el matiz) en una sola fórmula inimitable.

La luz, justo cuando cae el sol, haciendo uso de sus propiedades (refracción, absorción, reflexión, dispersión, propagación, difracción, polarización), entra en contacto con las partículas de polvo (de diferentes materiales y densidades) y las de vapor de agua que, gracias a corrientes de aire –formadas por cambios bruscos de temperatura– se mantienen flotando en un espacio incalculable. En el Estado Lara de Venezuela ese “espacio incalculable” se sitúa entre El Tocuyo y Quíbor, pueblos que por gracia divina se convierten en una pantalla holográfica, en donde todas esas propiedades de la luz solar producen una paleta de color que hacen del cielo una obra de arte y va cambiando a medida que el sol se oculta, que corre la brisa, que se mueven las nubes. La gama puede pasar de un negro azul a un naranja vivaz. Puede durar segundos en nuestros ojos y –tal vez– años en la memoria.

Pero los que saben de crepúsculos, por lo general, nada saben de estas intimidades físicas. No las necesitan. Sólo se necesita tiempo para ver cómo acaece y cómo se guarece el sol tras la falda del horizonte.

Nací en una ciudad tarantinezca. Le llamo así porque en Barquisimeto los crepúsculos son gratis, los árboles pierden las hojas a destiempo (como yo) y se convierten en dendritas, la caída del sol tiene banda sonora, los edificios se hacen parte de la foto y a veces interviene la luna en forma de hamaca, de sonrisa o de guiño pícaro.

A ratos es sólo la fantasía de un guión de cine la que me hace creer eso. Tal vez sea tan simple como mi necesidad infantil de estar sentado junto a Ella a esa hora del día en que la luz marca el ocaso, entonces su recuerdo es real, profundo, casi palpable.

Ante un crepúsculo barquisimetano apenas hay sombras y la vida que alcanzo a mirar se convierte en una especie de caleidoscopio steadycam.

También hay vampiros y otras criaturas acrónicas que te sacan la sangre y te muestran la lengua, hay portales mágicos en la entrada de los bares y los relojes giran (los que tienen aguja) a otra velocidad (más lenta).

Andar el camino del día para esperar la hora crepuscular es como sentarme en una sala de cine a vivir otras historias, como usar otros nombres.

“Pelea ahora, llora después”

http://pochogarces.com
@pochogarces
@recetasen140
@comidadesoltero

Ver en la revista (Recomendado) 

#MontadoEnLaOlla | De la inocencia, la toma del refugio y el derecho a redimir.

Ver en la revista (Recomendado)

Cuando me senté a escribir este post pensaba en la palabra soñador. Ilusión. En realidad lo que tenía en mente era el vocablo iluso. Quería escribir, como un acto de liberación, acerca de los sueños que soñamos cuando estamos despiertos, esa idea de una situación que queremos que nos pase o deseamos vivir o simplemente aquellas fantasías que nos hacen la vida más complicada, dolorosa y más hermosa a la vez. Muchas veces, esa quimera termina esfumándose y rompiéndose por la bofetada de la realidad. Me puse –antes de escribir– como ejemplo esos desvaríos infantiles de ser, no sé, astronauta. Entonces en un arrebato de imprudencia –quizá no era sino simple ponderación– me dije, existen astronautas y han llegado a la luna, así, como si no hubiera limites. Supongo que defendía –casi con terquedad– mi derecho a soñar. Rápidamente, haciendo uso de mi necesidad de redimir las utopías, busqué otra imagen a la cual destruir. El deseo inocente de ser un superhéroe. En esto sí que no fallaría, no existen tales criaturas. Pero no debí usar esa palabra. Inocencia. No debí, porque –de nuevo– corrí a guarecer mis sueños, pero esta vez eximido de culpas. Soy inocente, como dice el ladrón. Armstrong no fue un iluso, ni un utopista cuando soñó con ir al espacio. Fue inocente de imaginar, de creer, fue un niño, uno que no cedió a la interferencia ni al ruido ni a lo que le mostraba la realidad.

Soñar desde la inocencia y no desde el despotismo, concluyo. Sí. He sido un tirano, un temible absolutista de querer ver lo que sueño. Amparado, entonces, en mi libramiento de yerro, me dejé llevar, soñar y sonreír. Fue así como llegué a 1943 y pude verme de frente, en esa oscura calle de New Orleans parado junta a aquel gazebo alumbrado por la luna, viendo a la mujer que amo hacer una danza para mí. Mirando a la más hermosa mujer mostrándome lo que más le gusta hacer, mirarme, tomarme, desearme, bailar conmigo hasta envolvernos en ese beso de cuerpos que casi pude sentir en mis labios. No quiero ser Brad Pitt, no, mucho menos Benjamin Button, sino ese hombre, quien quiera que sea, que pudo vivir aquello. Pude haber sido yo pero, de ello, también soy inocente.

Cocinar es un acto de hecho. Arduo muchas veces. Requiere concentración, dedicación del cuerpo, el alma y la mente, las manos, los ojos, la lengua. Si no es así, ciertas cosas podrían salir mal y, en el mejor de los casos, tener un plato de muy mal sabor o textura. Es igual que fotografiar, no sólo es encontrar la imagen, sino cuidar la exposición, el foco, la distancia, la respiración, la posición, la actitud corporal. Es estar presente. Ocuparnos de ello es aislarse –por momentos– de todo lo demás, incluso de soñar. Por ello tomo refugio en la cocina, a ratos en la música y las menos de las veces en la búsqueda de una imagen con mi cámara o mi teléfono, precisamente, para redimir mi sed. No soy Mr. Button. Soy, en cambio, un luchador. Soy un creador, un gran cocinero, un músico y escritor. Soy lo que soy. Un gran tipo y no quiero convencer a nadie de ello. Vamos a fotografiar y a cocinar. Bienvenidos.

http://pochogarces.com
@pochogarces
@recetasen140
@comidadesoltero

Ver en la revista (Recomendado)

#MontadoEnLaOlla | La imagen escondida y una carta transonora

Leer en la revista (Recomendado)

montadoEnLaOllaDiciembre

Los que hacen fotografía saben, mejor que nadie, que la mirada es el activo más importante de esa practica. El ojo casi lo es todo. La técnica, por su parte, no es absolutamente nada sin una imagen para capturar. La foto está allí, expuesta, está en todos lados, en cada rincón y en cada explanada, sólo hay que tomarla, y esto es posible, no gracias a los equipos costosos, ni al manejo técnico de ellos, sino a la mirada, sin ella, lo demás es perdida de tiempo y dinero. Lo mismo pasa con la cocina. Mi abuela decía que la magia y la grandeza de la cocina no está sino en el amor con que lo hagas y, ese amor, ella lo llamaba “sazón”. Cocinar sabroso no sabe de técnicas ni de ingredientes costosos, ni de vinos de guarda, ni de equipos sofisticados para cocinar. Sólo que cocinar sabroso no se aprende, al igual que la mirada, sino que se agudiza, se desarrolla, se ejercita.

Los conocimientos técnicos vienen después. La técnica hace posible llevar esa imagen o ese plato a otro lugar, aporta el drama o lo sutil, aportan vida y sonidos, color, realidad, magia.

Yo conocí a alguien con la mirada perfecta. Hace tiempo no sé de ella. Puede que sea un recuerdo distorsionado, pero estoy seguro que no. No soy fotógrafo. Soy sólo un cocinero. Pero a veces soy un crítico fotográfico. Me he relacionado con muchas personas, he conocido la obra de decenas de artistas plásticos, fotógrafos, arquitectos, poetas, músicos, escritores, cineastas, religiosos, actores. Algunos con premios Nobel, unos tantos líderes de una parte del mundo, otros, aunque líderes, pidiendo limosna, como yo. He cocinado para mucha gente. He tenido que aprender de humanos y no, de tahures y mentirosos, de mafiosos y de maestros espirituales, de bondadosos y pendejos. Todas estas son personas que tienen –he visto– una energía inmensa, un poder especial, un don, una vibra –en algunos casos– divina, una capacidad inminente de transformación. Es lo que los ha hecho grandes. Es lo que los ha salvado de la mediocridad. Lo que los hace ser diferentes. Lo he vivido. Lo vivo a diario. Por eso, a veces, me vuelvo un engreído y me lleno la boca diciendo que sé de sentires, que sé de cautelas. De riesgos. De sonidos. De imágenes. De códigos. Pero la verdad es que cada día sé menos de nada.

Esta persona de quién hablo, tiene esa energía, esa grandeza, ese don de la transformación, yo soy una muestra de ello, tiene el poder de la auto curación. Es una persona increíble, sensible, hermosamente elegante, acuciosa. Es deliciosa. Tiene las imágenes escondidas en sus adentros. Ve lo que los mortales no vemos. Puede encontrar las letras que hacen falta en el abecedario. Puede ver los hilos que conducen a las marionetas y todas las señales que nos da la vida. Puede hacer que los cielos, en sus fotos, parezcan un devenir glorioso y vital. Puede convertir loa espejos y los cristales en paraísos sensoriales. Puede hacer que los que han muerto –aún en vida– tengan vida eterna. Puede transformar el silencio en canciones y con sólo un dedo inventar libros que algún día serán de papel. Pero parece no tener fe. Parece creer que no tiene nada para dar, que lo importante de la vida no es vivirla, sino aparentarla. Está muy equivocada. Su belleza interior sobrepasa su voluntad y su propia fuerza es más grande que su belleza. Tiene sazón, tiene amor verdadero. Lo tiene todo.

Como por azar, botando papeles y manuscritos, me encontré con este texto, una carta –transonora– bajo la manga:

“El silencio, mas allá de la falta de sonido, es también una ausencia de sentires, es el lleno del vacío total. Eso duele. Duele mucho. Y aunque el recuerdo invente caminos y senderos esa jauría, la que malvive por dentro, muerde, desgarra. Permite que los pensamientos se vayan a Sodoma y Gomorra, a Ibiza o a un centro de apuestas chinas. Lucho con los demonios para combatir ese hueco, para sobrevivir a esa imagen escondida, a esa fotografía sin revelar y a esta falta de sonido. El egoísmo y la ansiedad terminan por aparentar los juicios. La ciudad está vigilada, está llena de cámaras escondidas y eso no la hace más segura, más vivible. Vivir ya es peligroso. Es, de hecho, lo más peligroso. Verte y saberte, siempre, termina siendo bálsamo de ausencias, la razón de haber venido, lo que me hace volver a ver las cosas en colores. Verte y saberte es como si me regalaran ajíes dulces, como si me llenaran las manos de algodón de azúcar, como si me regalaran caramelos, como si me trajeran nísperos, me llevaran de paseo o me regalaran el mar. Verte y saberte es vivir. Un mejor vivir. Sin hipérboles. Tienes todo para transformar el mundo, para rehacerte, para levantarte, para ser quien eres, pero no hagas silencio. El silencio es mortal. Hay un artista biológicamente puro dentro de ti y se te sale por la piel, que ya es una obra de arte. Créeme. Siéntelo. Confía en mí y encuéntralo dentro de ti. Escribo esta carta sin sonido para romper, precisamente, la barrera del silencio. Aunque me desespere, aquí estaré.”

…A propósito de la mirada perfecta.

Contacto:
http://pochogarces.com
@pochogarces
@recetasen140
@comidadesolter

#MontadoEnLaOlla | La imagen de un futuro y una carta transmarítima

Leer en la revista (Recomendado)

MontadoEnLaOlla_Noviembre_2013

Yo vi esa imagen, esa fotografía en blanco y negro que fue cobrando color. Estuve sentado en un contén de barrio viendo a los niños correr, alegres, sin distracciones de su alegría. En la pared del frente, sentada en el piso estaba. Tenía un libro en sus manos como quien tiene un hijo recién nacido. Su espalda apoyada, sus piernas dobladas con los pies firmemente puestos en el suelo y me miraba. Sonreía. Cerraba los ojos. Volvía a sonreír. Leía. Los niños se acercaban, la abrazaban y seguían la fiesta de estar vivos. Luego venían a mi lado y me abrazaban. Después corrían donde ella. Vi pasar los carros de un lado a otro de la calle y tapaban por completo mi visual, pero al desaparecer, al pasar de lado, seguía viendo esa imagen intacta. Una imagen que aun no he vivido.

Yo estuve allí. Estuve, incluso, antes de que ocurriera. Todo comenzó ese día en que la vi. Apenas fue un tropiezo y algo cambió dentro de mí. Saqué mi cámara y fotografié. Elegí, (además de por ella) decidí el momento justo de robarme ese fragmento de tiempo en el que sentí que me miraba. Mi dedo seguía disparando, una y otra vez. Salí corriendo para que no se escapara de la película y revele de inmediato.

Yo venía del mercado del pueblo, fui a comprar pescado fresco, como todos los sábados. El señor del puesto de pescados, un viejo brujo y zalamero, me había advertido que “hoy, un encuentro, puede cambiar tu vida, para bien y para siempre” ¿Cuánto te debo por la consulta? Pregunté y continué diciendo, jamás te he pagado, tengo la ilusión de que si hoy pago mis deudas, se hará realidad tu visión. Son cien bolívares, más el pescado, que son quinientos, dijo con una sonrisa de triunfo. Maldito pescadero le dije, aquí está el dinero. Jamás había pagado por una “consulta” que no fuera médica.  Me fui con prisa a cocinar. Entonces la tropecé. Cayeron al piso sus pimentones rojos y fue cuando ocurrió.

Mientras revelaba, sonó la campana de la puerta. Me lavé las manos y salí a ver quién tocaba y allá estaba ella, del otro lado de la calle, en la pared del frente, sentada en el piso. Tenía un libro en sus manos como quien tiene un hijo recién nacido. Su espalda apoyada, sus piernas dobladas con los pies firmemente puestos en el suelo. Alzó la vista, se sonrió y me gritó, mañana cruzaré los mares y no quiero irme sin ver las fotos. Tengo hambre, le dije, si aceptas comer primero podrás llevártelas.

Preparé un pescado pochado con caldo de vegetales y el aroma de canela. Rostizamos sus pimentones rojos y con ellos hicimos una sopa que pusimos en el fondo del plato. Arriba, unos pequeños hilos del mismo pimentón con flores de ajo salteados en aceite de uvas. Fue un momento gastronómicamente erótico. Eso nos enamoró.

Busqué las fotografías y por detrás escribí una carta corta para acompañar su vuelo.

Si hubieras venido antes, no te habría dejado ir, de hecho, no te irás porque vivirás en mi desde ahora, como yo en tu boca, con este sabor a-mar, a pimiento y en el recuerdo de estas fotos en blanco y negro que un día tornaran en color. Has de venir a mí, y así, de un tropiezo, compartiremos nuestros placeres más íntimos, juntos. Ve con bien y regresa, que aquí te espero.

Y aquí estoy viéndola a ella leer un libro del otro lado de la calle, mientras yo escribo la siguiente imagen en una carta

Contacto:

http://pochogarces.com
@pochogarces
@recetasen140
@comidadesoltero

#MontadoEnLaOlla | La mesa está dispuesta, aún no está servida.

Leer en la revista (Recomendado)

MontadoEnLaOlla_Octubre_2013

El acto de alimentar no termina en la cocina, ni comienza en ella, ni se ciñe a lo que comemos. Lo que alimenta es lo que nos conforma. Es lo que nos ha hecho fuertes o débiles,  lo que propone la persistencia de nuestra sonrisa. Mucho de lo que nos alimenta ocurre en la mesa. Disponer del tiempo para sentarnos a comer es tan importante como el comer mismo. Convivir, contarnos las cosas, salir a comer en otras mesas, disfrutar de otros ambientes, otros sonidos y otras luces mientras estamos en la mesa.

Cada vez que preparo comida en familia siento que es como una fiesta a la que he sido invitado para disfrutarla, no para cocinar (cosa que muy pocas veces ocurre), es un honor, un placer. Me produce risas nerviosas ese momento. Me hace gracia y me llena de un compromiso de amor.

Mis hermanos son cocineros, mi madre lo es, mi padre lo fue, mi hijo cocina. Me gusta mucho compartir esa mesa.

Entonces me pongo seriamente a pensar en la alimentación, esa que va mucho mas allá de lo que comemos, esa energía que le ponemos a escoger la vajilla, los manteles individuales o la disposición en la mesa. Las copas, porque hemos pensado en el vino, las servilletas, las jarras, todo. Yo pienso en el color de mis platos, en su olor, en los recuerdos, pienso en la sonrisa de quiero lograr.

En estas ultimas semanas he pensado mucho en ello. En la falta que me hace cocinar así. He caminado las calles llenas de gente, he andado observando, atento a cuanto hay que pisar y he fotografiado mesas vacías, no se que signifique eso, espero sea objeto de estudio.

Lo mismo pasa con la fotografía. Uso el disparador y me doy cuenta que de este lado de la cámara estoy solo, sonriendo, imaginando, teniendo pensamientos atrevidos, algunos descarados y otros dulcemente amorosos. Tal vez eso explique el por qué termino diciendo “te amo” casi con tristeza.

La mesa esta servida, es hora de comer..

Contacto:
http://pochogarces.com
@pochogarces
@recetasen140
@comidadesoltero

#MontadoEnLaOlla | Síntomas de Fe

Leer en la revista (Recomendado)

montadoEnLaOlla_09

Hace varios días comencé a escribir pensando -justamente- en esas pequeñas reflexiones que nos toca hacer en algún momento de la vida, binen sea porque vivimos algo que nos acercó a la muerte o vimos de cerca lo mal que lo hemos hecho o sufrimos el dolor ajeno, o simplemente nos sobra el tiempo para reflexionar. Cada vez que escribo un post, ya tengo un titulo bajo la manga y a medida que voy desarrollando la idea de lo que quiero decir voy adosando otras frases que terminan, juntas, titulando lo que escribo.

Lo mismo me ocurre en la cocina. Comienzo con un ingrediente y luego otro, voy juntado sabores, aromas y colores. Después pruebo lo que cocino, me dejo llevar por esas sensaciones y termino pensado, sin evitarlo, en la cantidad de personas que –a nuestro alrededor– quisieran estar unidos comiendo, disfrutando, amándose, agarrados de mano, viéndose sonreír. Estar en familia supone también ese compromiso que sólo el amor puro conoce.

La vida, veámoslo así por un momento, es una gran –a veces no tan grande– jarra de jugo, del jugo que nos gusta, y la bebemos con locura, luego más despacio, se va acabando el líquido pero seguimos viendo el envase.  Si tiene hielo, el jugo ya no sabrá igual, si esperamos mucho se calentará. Lo que me llama la atención es que casi nunca tenemos conciencia puesta en que ese néctar nos hará bien, en su justa medida. Penamos mucho más en que ya se acaba, ya se calienta, se pone aguado. No se. Estoy seguro que la Fe es la clave.

“la Fe es la certeza de lo que se espera y la evidencia de lo que no se ve”

Según diccionario, “La Fe es un concepto judío que se deriva de la palabra hebrea emuná y significa tres cosas: firmeza, seguridad y fidelidad.”

Esa fidelidad es la certeza de la convicción de otra persona, es la confianza, el compromiso, el amor, aunque las señales parezcan estar indicando el camino en otra dirección.

“Anda, cree en mi” es un ruego de Fe, es como pedir cerrar los ojos y dejarte llevar de la mano. “Todo saldrá bien” es una expresión de convicción. Es una certeza.

“Para el pensamiento judío, una fe que no incluya seguridad o fidelidad, es lo mismo que separar el espíritu del cuerpo, es decir: es una fe muerta.”

Tengo Certezas muy firmes, estoy convencido que mi amor es tan fuerte que puede pasar por encima de mis detractores, críticos, enemigos y de las circunstancias que parecen negativas. Creo en el futuro sano de nuestra cocina, en nuestros cocineros comprometidos, en la nueva cocina, en la gente que siembra, que cosecha, que alimenta. Creo en el ají dulce, en la bruma que refleja el sol, en el picante, en las lágrimas de mi ventana, en las ventas de calle, en los fruteros de esquina, en las verdades dichas y creo en las pruebas de confianza que nos pone la vida. Creo que esto que siento son síntomas de Fe.

Contacto:
http://pochogarces.com
@pochogarces
@recetasen140
@comidadesoltero

Leer en la revista (Recomendado)

#MontadoEnLaOlla | El mercado, la razón y los inmortales.

(Leer en la revista)

montadoEnlaOllaAgosto01

Detrás de mis visitas al mercado hay un sin fin de cosas, motivos que van más allá de la compra de ingredientes. Muchas razones para llegar a él, una y otra vez.

Siempre he creído que hay varias maneras de inmortalizar un hecho particular de la vida o a una persona o un amor.

Una de ellas es escribiéndolos. Relatando el sentir vivo, lo que hiere, lo que te hace sonreir, lo que te hizo correr al sol o a la penumbra. Apilar letras -una a una- es un arte que yo no domino pero me gusta lidiar con el. Me hace pensar que mi mensaje llegará, felizmente, a destino. Cada palabra termina por tener muchas más palabras en lo tácito de su significado porque llevan implícita lo que yo siento, al menos esa combinación de palabras que -con magistral mala intención- he elegido para que digan lo que quiero expresar. En la medida en que ese escrito sea leído, comentado, recordado, recitado por otros, estará perdiendo la capacidad de olvido y -por ende- de muerte. Por eso escribo.

La otra forma es, fotografiándolos, congelando momentos, reteniendo esas expresiones que -sabemos- la mente no olvidará, pero en el papel o en los pixeles se comporta como una extensión de la memoria. Es como sacar un trozo de tu recuerdo y ponerlos allí, al desnudo, para que todos vean lo que atesoras.

En el mercado me gusta fotografiar. Hago un retrato de los alimentos como si tuvieran vida propia, como si de ellos salieran sonrisas o regaños.

Quiero guardar por siempre la luz que -misteriosa- está en los mercados. No soy fotógrafo pero me gusta tomar fotos. Me gusta recordar a través de las fotos.

Aunque las fotografías se parezcan entre si (las que he tomado un sábado con las que tomé el domingo anterior), son diferentes, cada día es distinto y siempre se imprime esa pequeña parte que lo hace sin igual. Miro las fotos y regreso a ese momento como si volara en contratiempo.

El marchante y los tomates de estación, el frutero buscando que se vean bien bonitas las lechosas para que se nos haga agua la boca. Los ajíes y limones haciendo una obra de teatro, son los protagonistas. La gente por los pasillos, algunos vivos, otros dormidos, muy pocos en despedida, y millones buscando el mejor precio para sobrevivir a la economía. Todos están en esa foto. Todos están en estas letras. Ahora son inmortales.

Detrás de mi visita al mercado está, además, mi bienvivir.

Otras veces vuelvo al mercado para ver si la encuentro a ella, que también, hasta que yo muera, es inmortal en mi

Contacto:
http://pochogarces.com
@pochogarces
@recetasen140
@comidadesoltero

(Leer en la revista)