#Mute | Re-vernos

Como aquellos actores revelación del año, el popular selfie (autofoto), llegó un día de forma sorpresiva y para quedarse. A través de las redes sociales, los hemos visto en días de paseo, mostrando el maquillaje nuevo de muchas chicas, debajo del agua, de artistas, en las movidas nocturnas, saltando en parapente o peligrosos como el de un hombre en el brazo del Cristo de Corcovado en Río de Janeiro. Para algunos, se ha convertido en un requisito indispensable para mostrar su vida paso a paso, podría aventurarme a decir que en ningún momento de la historia de la imagen se han producido tantos autorretratos.

Esos segundos de silencio con esa sonrisa o mueca sostenida pueden ser señalados como otro signo de superficialidad y egocentrismo más de nuestros tiempos; sin embargo, creo que es necesario profundizar un poco más en esta curiosa práctica. Con el lente de nuestra cámara hemos apuntado a la naturaleza, a nuestras musas, al espacio, a la “nada”, a lo cotidiano, en un esfuerzo insaciable de capturar a nuestro entorno; de arrancar ese trozo de belleza a lo existente. Qué curioso que ya hemos incluido en nuestra lista de fotografiables a nuestra propia humanidad. Hemos percibido el vestigio de belleza de la propia cotidianidad, hemos posado nuestra mirada sobre nuestra vida como hecho creado y digno de ser fotografiado.

¿Qué vemos en ese autorretrato?, que valga señalar pasa por los miles de ensayos y descartes antes de ser publicados en las redes sociales, no podría precisar dicha respuesta pero, sí qué buscamos en este ejercicio fotográfico: buscamos re-vernos, buscamos volver a ver ese rostro que aparece en el espejo de la mañana y que se ha quedado capturado en nuestra memoria durante el paso de los años de nuestra vida. Buscamos vernos desde nuestros ojos, en nuestras diversas facetas, que otros vean cómo nos percibimos, jugamos a ser unos ojos extraños que desean ser maravillados por un ángulo sorpresivo de nuestra propio ser.

Yasury Romero.

#Mute | La fuerza del espacio

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Venidos del color de las décadas acumuladas, del bullicio de las bombas nucleares, de las crisis económicas y de los divorcios con las utopías. Somos la posmodernidad que otros definirán. El café que nos tomamos en silencio al final de la tarde, contemplando a través de la ventana.

Todas estas impresiones las podemos contemplar al observar en modo “mute” lo que sucede diariamente a nuestro alrededor. No es ajeno a este clima las expresiones artísticas, por el contrario serán, quizás, ellas las principales tarjetas de presentación de nuestras certezas y colapsos.
Con la llegada de las redes sociales se sigue profundizando un terreno que parecía ampliamente explorado: la imagen; es todas sus formas, desde una modesta caricatura a rayas hasta las más impactantes pinturas y fotografías circulan a diario por nuestros portales ante nuestras miradas que se llenan y desbordan.

Y en ese desbordar, a nuestra vista se le olvida la ausencia, la valoración del silencio y los espacios que esta deja; por ello, como fotógrafos o amantes de la fotografía, solemos buscar llenar el cuadro con todo los que se pueda, una obsesión absurda porque debe haber un “algo” fotografiado, protagonista de la imagen, sin llegar a palpar que ese “algo” en ocasiones es el espacio, lo límpido merece ser contemplado: el azul del suelo, el cuadrado blanco, la pared verde. Es, sin duda, una de las glorias de la fotografía: mostrar el espacio como motivo, capturar esas escenas de posibilidades futuras, en las cuales solo ocurre eso: el espacio disponible. Ver así, en ocasiones, nos genera un vacio en el estómago al cual podemos temer pero, no debemos caer en la tentación de subestimar o menospreciar la fuerza del espacio y dejarnos encantar, conquistar. Es brindarnos la oportunidad del silencio visual, de lo inmutable, de pensar.

La posibilidad de pensar; de un oxigeno mental; de los aparentes espacios en blanco, que nos son otra cosa sino que una excusa para la creación; creo que ha sido la experiencia de redactar para Detodounfoco durante este año, darnos un espacio para contemplar la fotografía misma como una espacio de fuerzas. Ha sido un ejercicio de prolongar el silencio que nos invade al apretar el disparador para capturar la imagen, de dejarnos reconquistar por la imagen en sus recodos. Escribir para y por lo que nos apasiona es, sin duda, degustarlo y memorizar su sabor y su fuerza.

@yasury26

Foto: Daniel Blanco, danielblanco81@gmail.com

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#Mute | La fotografía como un documento.

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Revisar el Facebook, abrir Twitter o tener la gracia o desgracia, según del lado que se vea, de tener un celular con acceso a internet se ha convertido en un ejercicio de derribar barricadas mentales que se filtran a través de la vista.

Destrozo, cauchos quemados, anarquía; ven unos. Banderas, lucha, agresión; ven otros. Sea cual sea el caso el hecho es que se ve. Y en ese acto de ver en ocasiones nos saltamos el paso de pensar y corremos como niños cautivados a juzgar. Ver y juzgar sin pensar es encender la mecha al bidón de gasolina.

Un silencio ensordecedor invade la mente al intentar leer los sin fin de comentarios que se generan alrededor de cada fotografía publicada. En el rostro de aquellos que nos hemos acercado al arte de la fotografía se dibuja una sonrisa al estar conscientes de lo falseable que es la imagen; y no solo por la intervención de los programas de edición con lo que hoy se cuenta; sino que, desde siempre la angulación, la selección que hagas de la realidad, la luz y todos los factores que intervienen en una fotografía van a dar una versión de los hechos, una versión moldeable a nuestras intenciones.

La fotografía como un documento, como una prueba infalible de la verdad invade las redes sociales pero, no se queda solo allí, salta a las pantallas de la televisión y vemos como ministros y gobernantes esgrimen a la fotografía como ventana a la realidad, cuando esta modestamente alcanza a representarla. A representar una realidad escogida; siempre escogida.

Dentro del amplio mundo de la política, de nuestra realidad de país, esto solo aspira ser un comentario ciudadano, colóquese en “mute” antes de sustentar su postura política a través de una imagen. Recuerde que sea caricatura, fotografía o imagen en movimiento (video), siempre lo enfocarás tú, desde lo limpio o sucio que tengas tu lente, dejando pasar luz o no según tu apertura mental. Al intentar capturar la realidad en una imagen no nos quedemos postrados en ella por el contrario que en ver nos hagamos más duchos en juzgar porque las imágenes de la polarización nos hagan pensar.

@yasury26
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Fotografías:

Jhair Torres
jhairt19@gmail.com

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#Mute |¡Calla el click!

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Enero es el mes de sacar las cuentas, del arrepentimiento, del “cargo de conciencia”. Observando me doy cuenta de que no hay muchas fotografías de enero. Sí, enero a diferencia de su predecesor, está lleno de tareas a cumplir y desierto de imagen. En contraste diciembre se viste de luces, de obsequios, de ropa con olor a nuevo, de fotografías para “recordar”.

Teléfono en mano, con internet y los conocimientos fotográficos que dan las redes sociales muchas personas en esta navidad se dedicaron; según pude ver, y me deleité haciéndolo; a capturar hasta el más mínimo detalle de sus jornadas navideñas. La más modesta: La fotografía familiar al lado del árbol, no pudo faltar; y a ella le siguieron la hallaca recién servida, la fotografía de la etiqueta del estreno, del intercambio de regalos, del amanecer del 31, del abrazo del feliz año del abuelo y mamá y del primero de enero fastidiados en casa viendo la película repetida.

Pareciera existir en nosotros una sed insaciable de imagen, de mostrar lo que “vivimos”, de capturar para la posteridad, de registrar. Me refiero a un “vivimos” porque sin duda vivir así es relativo, la vivencia se pone en juego cuando nos preocupamos más en el recuerdo y la pose que en lo que se está experimentando. Para “recordar momentos especiales” primero hay que vivirlos, eso es lo que carga de valor la fotografía en traje de baño completo de la abuelita o la de mamá llorando el día de tu graduación: El momento vivido.

Nuestra mirada, lente por excelencia, captura las imágenes más extraordinarias que fotógrafo alguno pueda hacer: su movimiento, color, iluminación y sobre todo el sentir de aquella selección que hacemos de la realidad. En ocasiones hay que dejar la cámara en donde quepa y abrir los ojos.
No dejes de disfrutar un beso por tener unas fotografías para tu perfil, ni ver a los ojos a tu hijo cuando te diga “papá” por primera vez, por grabarlo; el mejor amanecer puede ser el que se ve sintiendo el resplandor en el rostro y sin duda las mejorar fotografías son por las historias que albergan detrás de ellas, por los secretos que nos murmuran quienes las han vivido.

Que tus viajes no se midan por la cantidad de fotografías que trajiste de ellos, que el tomar fotografías no sea un tic nervioso, y la cámara siga siendo ese cofre de retazos de lo vivido escrito a puño con az de luz.
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#Mute | Sin Firmas

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“Es el trazo, título o gráfico que un individuo escribe a mano sobre una documentación con la intención de conferirle validez o de expresar su conformidad. Permite identificar al creador o destinatario de un documento”. Ese es el concepto que puedes encontrar en la primera línea de cualquier buscador web cuando introduces el término “firma”.

Como un líquido ácido y pegajoso se extienden las tan mentadas “firmas” que con tipografía rimbombantes se colocan en cualquier esquina de las fotografías de los amateurs fotógrafos que consideran que por identificar sus fotografías de este modo van labrando ya un estilo, un nombre.

Esto me hace pensar en la tía materna de la fotografía: La pintura. A mi mente vienen las imágenes de Monet, un Paul Cézanne, un Van Gogh, Picasso, quienes sin ningún editor de fotografía, apenas con una modesta firma a pincel lograron esculpir un estilo propio con características tan distintivas que ganaron un espacio en nuestra memoria visual tan sólido que, sin necesidad de ver su nombre o su “firma”, podemos identificar sus obras con solo verlas.

No es un ejercicio de falsa modestia, es un ejercicio de poner la mirada en lo realmente importante. Es una exhortación a pasearnos por los rincones del anonimato y la ausencia; quizás, para que donde no se encuentra nada, hallemos el espacio para encontrar aquellos rasgos que nos definen como artífices; para definir tendencias, inclinaciones en la iluminación, preferencias de encuadre, las temáticas que nos apasionan, los colores que nos delinean. Date el espacio para conocerte como fotógrafo antes de presentarte al mundo con nombre y apellido.

Este es un reproche que aspira alertarte para que no camines por el frágil piso de hielo en que se puede caminar al iniciarte en el arte de la fotografía, rompe ese lugar común y adéntrate en estas aguas heladas que congelan hasta los huesos tus sentidos y te llevarán a extremos del pensamiento sacándote de las obviedades de los visible.

Comencemos por un encuentro con nuestra visión fotográfica al desnudo. El cíclope le preguntó a Odiseo ¿Quién me ha hecho esto? Y Odiseo respondió ¡Nadie!, el gran héroe épico Odiseo confesó ser ¡Nadie!, para poder librarse de este monstruo y salvar su vida. Líbrate tú, también, del ego para conseguir el talento que estas explorando.

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#Mute | Volvernos a ver

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Mute_Octubre_2013

Una tarde de ocio, o de habitual rutina, haciendo un recorrido por Facebook me topé con una fotografía que me hizo pausarme; me invadió en el silencio una interrogante: ¡Yo he pasado por allí! ¿Es ese lugar?

Les comparto esta fotografía que retrata a una chica en la plaza Bolívar de Los Teques; lugar que, como muchos de nuestro mundo y de nuestro país, ha sido cedido a la desidia, al abandono, ha salido de la lista de lugares prestigiosos de la ciudad. Como huérfanos quedan muchos espacios que en algún momento fueron centros de la vida pública, son como aquel hijo rechazado; rechazado por su deterioro, por la inseguridad: ¡Ni loco me paro allí!

La mirada del fotógrafo los reivindica, les remoza como en otrora. Sin cemento, sin brocha, sin escoba, el lente los captura aceptándolos tal cual como son y nos hace volver a verlos, volvernos a encontrar con ellos a pesar de toparnos diariamente con su imagen; que por usual, se nos ha hecho imperceptible.

Es interesante la exhortación que el ejercicio fotográfico puede, y hace, a la ciudadanía, especialmente a la de nuestro país: Volver a ver, volver a encontrarse, especialmente con aquella calle oscura, cuna de asaltos; con el terreno baldío;

con el rostro del mendigo, que evado; y poder exclamar con sorpresa como aquel que ve por primera vez: ¡Qué impresionante! Seguido de la pregunta obligatoria ¿Eso es…?

Aquí la fotografía pone en práctica una de sus propiedades medicinales: servir de colirio que refresca la mira, que genera esa sensación de aliviar la experiencia de ver, ese frescor que nos hace callar para deleitarnos en la experiencia.

Sin duda alguna, no es una tarea sencilla, es este por el contrario un terreno para exploradores, para buscadores de oficio. Implica hacer el ejercicio de observar con ojos nuevos; ver con el alma; objetar con la mente; palpar la vida que esconde la vida misma; ver esa esencia, no capturada hasta ahora, que deambula en caminos y avenidas aguardando a ser cortejada por una mirada que le atienda. Ante este ejercicio es necesario soltar la rienda de la etiqueta, del tabú, dejarnos sorprender por lo viejo, por lo que ya se ha visto.

Es pertinente estimar lo cotidiano. Y la fotografía viene a subrayar con su marco milagros diarios que hemos dejado de ver.

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Fotografía:
César Padrón
@negk_

#Mute | El coloso de la imagen

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coloso

Azul avasallante, blanco de aire en abundancia y gris de silencio… Sería una descripción cromática de lo que se experimenta al estar frente al Cristo Redentor del Corcovado, en Río de Janeiro. 38 metros de cemento extendiendo sus brazos sobre nosotros nos enmudecen, merecen la experiencia de contemplación que te deja en “Mute”. Sí, “Mute” Término que titula esta columna y hace referencia a esa experiencia de silenciarse ante lo que observamos en nuestra cotidianidad y ante lo que captura la fotografía.

Esa fuerza no se inmuta ni por un instante ante los intentos de ingenuos lentes que aspiran capturar en el invisible rectángulo de la fotografía la imagen de este gigante.

¿Y cuál es la sorpresa en este punto?: El halo colosal de esta figura se cuela con gran facilidad en la superficie plana de la fotografía y sorprende a quien, a kilómetros de distancia, se siente de igual forma avasallado por el monumento retratado. Así, la imagen pareciera estar cargada de esa facultad inmortal y atemporal: La persona establece con la fotografía una relación casi totémica, en la que siente una fuerza que le envuelve, le traslada a la escena fotografiada y le hace sentir ese clima trascendental que da espacio solo para la invasión del silencio. Facultad que no ha perdido desde

las cuevas de Lascaux ni al llegar a la fotografía digital. Seguimos quedando perplejos ante esta selección de la realidad.

Estar frente al Cristo de Corcovado; independientemente de las motivaciones, turísticas o religiosas, con las que visites a esta Maravilla; hace que, en medio del bullicio y la ansiedad de fotografiarse con los clásicos brazos extendidos junto al Redentor, te detengas a apropiarte de aquel espacio que ha visto transitar a tantos que han hecho de Río de Janeiro el destino de un nuevo episodio de su vida. Allí se concentra ese símbolo de fraternidad del pueblo carioca que te recibe con los brazos abiertos, con ese eterno clima de alegría, calidez y fiesta.

Y no dejamos de asombrarnos al rememorar esas mismas sensaciones de pequeñez y cobijo al contemplar este retrato que ahora físicamente no supera nuestra palma de nuestra mano pero, que nos sigue arrancando el aliento por un instante con su aire colosal.

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