#TestimoniosDeFebrero | Hablan los protagonistas

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#12F Esther sintió algo que nunca había sentido: un tiro

La bala entró y salió por la pierna sin tocar hueso, vena o arteria, aunque muy cerca de la femoral, como todos los cuentos de quienes sobreviven. Una bala aparentemente 9 mm., es decir: un arma corta.

Esther nunca entendió por qué le habían disparado a ella. No vio quién lo hizo ni desde dónde. Lo que sí sintió fue vergüenza. Venezolanos disparando contra venezolanos. No sintió miedo. La ayudaron unas personas de ésas por la que todavía cree en el país. La protegieron en un edificio, la hicieron ver por un médico, la cuidaron y la escoltaron hasta un taxi en la Av. Bolívar.

“¿Cómo le aviso a mi papá?”, se preguntó.

El papá de Esther vive exilado en EE.UU. desde 2003. Hugo Chávez lo despidió por televisión en abril de 2002. Era Gerente de Planificación y Control de Finanzas de PDVSA. El abuelo de Esther fue vigilante de PDVSA en aquel “país bonito, país de las oportunidades”

La casa rosada de Esther está detenida en 2003, Vive sola con su hermana en la calle que hasta hace muy poco era la más peligrosa de Las Palmas. El Volkswagen Gol tiene un caucho espichado, no tiene batería ni retrovisor, lleva un año esperando por un repuesto que probablemente nunca llegará. La otra casa de Esther, la de la infancia, la de la playa, le tocó vaciarla el domingo. La vendieron.

El domingo: desprenderse de los recuerdos. El miércoles: un tiro.

— Morir en una marcha es parte de nuestra realidad, de nuestro día a día. Salir de tu casa y morir es cotidiano. No me voy de Venezuela, aunque tengo todo para hacerlo. Soy ciudadana norteamericana, soy parte del problema y parte de la solución.

— ¿Qué te duele Esther?

— Me duele el miedo que todos tenemos, el miedo que viene desde lo invisible.

Esther demora en llegar hasta abrir la puerta, tanto de bienvenida como de despedida. Cojea. Le duele la pierna. Sabe que la tiene morada pero no le gusta vérsela. Le da grima. “Me preocupa que hoy es el día de los enamorados y que olvidemos lo que debemos hacer”

 

“Mi hijo no quería ser un héroe nacional ni un mártir”. Derek Redman

“Esta mañana lloré temprano, después salí a visitar a mis amigos por Petare, Lebrún y Campo Rico, amigos míos y de Roberto, mi hijo. Algunos no sabían nada. Ellos se arrecharon y me pasaron la arrechera a mí. Y entonces dejé de llorar y, digo, estoy arrecho… ¡a mí no me va parar nadie ahora!”

Dos motorizados con cascos integrales, y a mansalva según los presentes, mataron a Roberto Redman (31) de un disparo directo a la cabeza.

“Mi hijo no quería ser un héroe nacional ni un mártir. Sólo estaba tratando de hacer algo por el país”. Roberto Redman era de poco hablar, mucho Ávila, empleos varios y una única meta: ser piloto. En diciembre recibió la licencia después de tres años de ahorro familiar. Ahora comenzaba la espera de un avión que necesitase un copiloto.

— ¿Sirvió de algo la muerte de Roberto?

— Aparentemente logró unir a una cantidad de gente que era apática en cuanto a lo que hay que hacer para tener una democracia y libertad. Eso espero. Roberto era mi hijo y compañero. Andábamos mucho juntos. Este domingo jugamos cuatro horas bowling, en Mampote.

Los hombres de la familia Redman no lloran mientras velan a los muertos, eso es un hecho comprobable.

 

Czeslaw: “Un guardia nacional me dijo: ‘¡Tú estás listo!’”

— ¡Nombre, cédula y apodo!

— Yo no tengo ningún apodo…

Un guardia nacional habla golpeado, grita, humilla pero no te mira a los ojos.

Al Palacio de Justicia se entra esposado, se bajan dos pisos por las escaleras y ahí comienza la espera de ocho horas en un calabozo de veinte metros. Catorce pasajeros involuntarios y un urinario.

“Desde que soy un niño sueño con trabajar en Cancillería y ahora tengo esta raya en mi acta. El fiscal me dijo que veía muy difícil que me aceptaran, que depende de quién me toque, que si entro “palanqueado” puede ser, pero que vía Recursos Humanos no cree. Eso para mí es devastador, porque entonces tendría que dejar el país para trabajar y ése no es mi objetivo. Yo no me voy de Venezuela.”

Czeslaw*, de 23 años, séptimo semestre de Estudios Internacionales, se comió un temaki roll junto a su novia y dos amigos en el Centro Comercial San Ignacio. Sabía algo de lo que pasaba en la Av. Francisco de Miranda. Caminó dos minutos solo, en línea recta hacia el sur en dirección al metro de Chacao para ir a Chacaíto, tomar un autobús, regresar a casa y terminar un trabajo de la universidad. El cuento del lugar y el momento equivocado.

A las 6:40 pm del miércoles 12 de febrero, y después de socorrer a una conocida por las bombas lacrimógenas, “un guardia nacional me dijo: ¡Tú estás listo!”. Detenido por 48 horas.

“Me acusaron de asociación ilícita para delinquir con otro muchacho que no conozco. Después de esto, veo al gobierno exactamente igual. Desde que entré hasta que salí siento mucha impotencia”.

Sobre una raya azul en el piso y con los brazos por encima de la nuca, mientras esperaba ser llamado para subir al tribunal, Czeslaw vio a cinco compañeros de universidad, vestidos de trabajo y muy sucios. Los habían agarrado en el anden del metro en Parque Carabobo el mismo miércoles. Los sacaron del anden y los acusaron de terrorismo. Uno de ellos, bombero voluntario, mostraba una cara de terror inédita.

*Nombre falso a petición del joven.

 

“Sigo mi lucha. No me voy a dejar detener de nuevo”; Ángel

El celular de Ángel está sin batería y en la fiscalía. Fue lo primero que le quitaron.

El reloj, la correa y los cordones de los zapatos después.

Agachado, esposado y viendo hacia el piso lo trasladaron en una Toyota chasis largo junto a ocho más al CORE 5. También estaban con él en ese traslado alguien que acababa de hacer una compra en Farmatodo y alguien que había llegado de El Tigre el día anterior para hacer una diligencia en Caracas. Todos bajo la misma incertidumbre, todos directo a la incomunicación.

Aunque los guardias nacionales sí les comunicaron durante el trayecto todo lo que les podría pasar. Lo hicieron en voz alta. Muy alta.

Rezó, rezó y rezó.

No suele rezar.

“Padre Nuestro” y “Ave María” en loop.

A Ángel lo detuvieron en Parque Central, lejos de Parque Carabobo, mientras una señora lo insultaba, lo señalaba. El orden real de los acontecimientos es: una señora lo comenzó a insultar y la Guardia Nacional decidió arrestarlo. Ángel dio media vuelta y se entregó.

Le hicieron una foto, con letrero con su nombre, y el cargo: terrorista 0074. También le tomaron las huellas dactilares, las diez.

La única llamada que se permite, se convirtió en cinco llamadas a las once de la noche, siete horas después de la detención.

Papá.
Mamá.
Hermano.
Novia.
Nadie atendió.

— Entonces llamé a casa de mi abuela, 77…

Durmió esposado en el piso y al aire libre. Frío. “Estar esposado es la primera pérdida de libertad. No estás en un calabozo, pero no te puedes mover. Es la primera sensación de cárcel”.

Ángel descubrió que las reglas entre detenidos son mucho más severas que la de la sociedad del otro lado del muro. No se aceptan equivocaciones.

— ¡Diez años en Tocorón te salen a ti! —le aseguran los guardias.

Desde el CORE 5 llevaron a Ángel y al resto de los detenidos a La Dolorita, en Petare. Allí ya había huéspedes previos en la habitación de una sola puerta y una gran pestilencia. Estuvo detenido de miércoles a viernes.

“El sonido de una bala aturde. Las ráfagas aturden. Las ves pegando en las paredes, en las rejas, aturdido pierdes el miedo y avanzas. Miedo da perder la libertad. Y cuando la pierdes la aprecias más. Yo nunca había sentido una emoción así por ver a mi mamá. Nunca. Lloré”.

— ¿Culpable?

— De nada. Sigo mi lucha. No me voy a dejar detener de nuevo.

 

“‘Estoy trabajando, soy prensa’, les dije…”; Gabriel Osorio

Por decisión propia, a los once años Gabriel Osorio quiso ser soldado, ser héroe. Lo inscribieron en un liceo militar en Caricuao.

Nunca aceptó tener las botas limpias, bolsillo derecho del pantalón con pañuelo y cortaúñas, ni trotar al amanecer. Sólo se sintió identificado con la corneta de la banda marcial. Tocaba la diana a las 5:30 am y, mientras el resto cumplía la rutina militar mañanera, dormía un rato más dentro del escaparate.

Cuando terminó el bachillerato estudió Ingeniería Industrial y nunca pudo aprobar Calculo II. Comunicación social, inconclusa. Fue escenógrafo, mecánico, carpintero, herrero y finalmente se convirtió en fotógrafo

Gabriel aclara que no es buen fotógrafo de acción. Es pausado y busca la historia detrás del hecho noticioso. No congela molotovs en el aire. No busca la noticia. Debe llegar antes e irse después, quedarse solo, indagar otras cosas. Eso lo deja vulnerable.

Esa actitud documental es más peligrosa que estar en la mitad del conflicto.

Le han quebrado una costilla en dos oportunidades: esta vez fue en el piso con su cámara, pateado por ocho a la vez mientras tres más hacen cola. Un cuerpo en el piso en posición fetal sólo alcanza para ser pateado por ocho. No caben más. El resto debe esperar y así lo hicieron el miércoles pasado.

El 12 de febrero Gabriel se fue solo, de noche, a cubrir las protestas en Chacao. Fuego, humo, disparos, piedras. Fotografió a unos recién casados que en un convertible pasaban por el medio de las manifestaciones. Ésa era la foto, la historia detrás de la historia. Insistió. Siguió buscando. Algo más podría hacer.

Cuando la brisa se llevó el espeso humo del gas lacrimógeno, en la calle Sucre aparecieron Guardias Nacionales que le dispararon y lo apuntaron con una 9 mm.

— ¿Qué haces tú aquí?

— Estoy trabajando, soy prensa.

Querían la cámara. No la tarjeta. No las fotos.

Golpeado con pistola en la cabeza, disparado con perdigones, arrastrado, pateado y asfixiado logró correr con su cámara y desplomarse en una calle ciega. Estudiantes lo levantaron y lo protegieron en un edificio de nombre “Venezuela”.

— ¿Qué te duele, Gabriel?

— No hay diferencia entre lo que me duele a mí y lo que a ti te duele. Somos lo mismo. Somos igual de venezolanos tú y yo.

 

“Volvería a hacerlo, pero con chaleco antibalas”; Fabián Schwaiger

Fabián va a vivir con tres perdigones en el cuerpo, uno muy cerca de la columna. Sacarlo implica un riesgo mayor. Su ropa en total tiene siete perforaciones. A quemarropa. Por la espalda.

Después de ver cómo la Guardia Nacional agarró a dos fotógrafos, no quiso ser el tercero. Bajó su cámara y corrió. Sintió el calor del disparo en el cuerpo.

Su bisabuelo, en Hungría, fue fotógrafo. Su abuelo, quien vino a Venezuela huyendo de los nazis primero y del comunismo después, fue fotógrafo personal de Marcos Pérez Jiménez en los años cincuenta. Su padre hizo fotografía aérea para el extinto Ministerio de Agricultura y Cría.

Fabián no es fotógrafo. Aunque hace y sabe cómo hacer muy bien todo lo relativo a la fotografía de conflicto, sólo intenta tener un registro de lo que pasa en el país.

“¡Entreguénlo, entreguénlo!”, gritaba la Guardia Nacional a los vecinos que lo socorrieron mientras manchaba de sangre toda la entradade un edificio de Chacao.

Nunca exigieron las fotos, lo querían a él.

Los vecinos hicieron resistencia, no lo entregaron. Gasa y alcohol.

Ese mismo miércoles, el 12 de febrero pero durante el día, estuvo en Parque Carabobo. Fotografió los candelazos de las escopetas, las ráfagas de armas automáticas, el momento en que sacaron el cuerpo de Bassil. Fotografió el horror que se vivió.

Cuando gritaron que dispararan contra el de suéter gris, su suéter gris, decidió irse. No tiene muchos amigos en Facebook, lugar donde publicó sus imágenes. Siente la responsabilidad de que sus fotos lleguen a un lugar donde sirvan como prueba de lo vivido.

Fabián llegó herido a Salud Chacao, manejando su propia moto. Una vez curado se permitió desmayar.

— ¿Lo volverías a hacer, Fabián?

— Sí, pero con chaleco antibalas.

La cuenta de los exámenes clínicos pasó de Bs. 20.000

Fabián no tiene seguro médico.

 

“‘¡No mereces estar aquí!’, me dijeron…”; María Gabriela

Con un papelón con limón, el miércoles 19 de febrero María Gabriela decidió cruzar la plaza Diego Ibarra. No lo logró.

Después de cuatro años yendo en metro al Ministerio Público, María Gabriela conoce muy bien las quincallas chinas del centro de Caracas. Sabe dónde comer golfeados, cuál es la mejor chicha y es amiga del portero de la Inspectoría del trabajo. Antes de ser estudiante de Derecho no había puesto un pie en la zona, le tenía miedo.

Ahora el centro de Caracas lo siente como patio de casa. De hecho, el centro de Caracas ha servido de puesta en escena para que muchos la piropeen por sus ojos claros: “Angelito ¿te caíste del cielo?”; “¿Te diste duro cuando te caíste, mi amor?”; “Esos ojitos bellos que tú tienes”.

María Gabriela mide un metro cincuenta y tres y pesa cuarenta y ocho kilos.

Veinte hombres la rodearon sin amabilidad y con disciplina. La humillación verbal fue un patrón cumplido a cabalidad. Empujones. Sensación de muñeco, de juguete, de ser el payaso del circo. Esta vez no hubo piropos.

− ¡Eres una sifrina de mierda!

Y entonces el mundo se reduce a eso. Resulta que los genes del abuelo alemán que llega huyendo de la Segunda Guerra Mundial son la clave para el prejuicio. Sus ojos verdes no entienden al pueblo ni al barrio, le aseguraron.

− ¡Soy tan venezolana como tú y el centro de Caracas nos pertenece a todos!

− ¡No, tú no perteneces! ¡Vete, que no mereces estar aquí!

Y los empujones aumentaron.

La Guardia Nacional observó todo desde el otro lado de la calle. Sólo contempló. No actuó. María Gabriela, por su parte, sintió que ese día perdió el centro de Caracas. Perdió el papelón con limón. Perdió la sentencia. No tuvo la última palabra. Ganó el miedo.

 

“Mi morral tiene agua, vinagre, trapo, Maalox…”; José Villegas

“Te cuesta respirar, te pica la piel, sientes ganas muy fuertes de vomitar, ceguera y mucho ardor en la cara. Desde el sábado estoy usando máscara”.

El miércoles 12 de febrero José no fue a la marcha, no sintió el llamado. Asistió en horario habitual a sus clases de Macroeconomía y Matemáticas. Pero en la noche todo cambió. “Enterarme por redes sociales de que otros estudiantes ponían el pecho por mí y por todos los venezolanos me hizo salir, incorporarme, dar la cara”.

Desde entonces lleva una semana asistiendo a las protestas. No ha vuelto a clases. Ha dormido poco y comido peor. Aún así, no está cansado. ”Mi morral tiene agua, vinagre, trapo, Maalox. Me siento de la Cruz Roja, mi rol es ayudar”.

José ayuda, socorre, asiste.

“Tengo una responsabilidad con el país. Si no salgo yo que soy joven y tengo la fuerza y la adrenalina, ¿entonces para qué estudiar? Desde que tengo seis años lo único que conozco es este gobierno. No conozco otro, pero sé que esto no es lo correcto”.

En todas las concentraciones la oferta sin demanda es “gas del bueno”. José devuelve las bombas lacrimógenas o las mete en tobos con agua, para neutralizarlas. Aguanta hasta 55 minutos respirando el gas. Después va a la retaguardia.

No sabe si el gas lacrimógeno vencido (abril 2013) que asegura se está usando contra estas protestas le ha causado algún efecto extraordinario. Es una experiencia inédita. No puede comparar.

Ha sido testigo de guardias nacionales con lágrimas en los ojos, oyendo planteamientos de estudiantes, cara a cara. Entiende que reciben órdenes aunque también reconoce que no todos lloran, no importa lo que les digan las pancartas.

Cada vez que sale a marchar se comunica con sus padres en Maturín y Ciudad Bolívar. Avisa. Notifica. Desde el interior del país le ruegan que no vaya.

LACRIMÓGENA. Atención: ES PELIGROSA SU UTILIZACIÓN DESPUÉS DE LA FECHA DE VALIDAD. FAB: ABR/2008. VAL: ABR/2013 [texto tomado del cartucho de la bomba lacrimógena recolectada por José en Chacao el 16 de febrero de 2014].

 

“Yo me voy a mi casa. No estoy protestando” ; Alejandro Herrera

La talla de pantalón de Alejandro es 31, ésa que no se consigue con facilidad. Ésa fue una de las razones para que, cuando el sábado 16 de febrero una paramédico le cortó el pantalón sin ninguna contemplación, le doliera.

Alejandro asegura que el disparo que le dieron en la pierna mientras conducía su moto, a un metro de distancia y con una escopeta de perdigones, fue un accidente.

Los médicos le sacaron más de veinte perdigones y el tapón del cartucho, que también penetró en su pierna.

Diez centímetros de diámetro tiene la herida que le hicieron.

Alejandro cree que si eres un efectivo antimotines de Policía Nacional, tienes tres días sin dormir, estás forrado en un traje pasando calor y recibes instrucciones básicas, no aprecias las consecuencias del uso del arma que te ordenan utilizar y te han lanzando piedras por horas, es posible que cometas un accidente.

Ese accidente.

Cuando se le pregunta cómo se ve dentro cinco años en Venezuela, la respuesta no le gusta. Por esa razón sale a protestar.

“La última vez que manifesté fue en 2007, por la libertad de expresión. Ahora lo hago por mi futuro. Quiero ser independiente, desarrollarme profesionalmente. No quiero vivir casa de mis padres por siempre”.

Alejandro no sabe protestar en moto así que, por precaución, ese sábado decidió marcharse de la Av. Luis Roche, en Altamira. Lo hizo en el sentido menos indicado: vía autopista.

Asegurarle a un oficial armado “Yo me voy a mi casa. No estoy protestando” no fue un salvoconducto.

Recibió el disparo a una distancia inesperada y terminó unos metros más adelante, soltando su moto y buscando el apoyo de otros Policías Nacionales que lo cargaron por las piernas y lo llevaron a los paramédicos.

Existe la posibilidad de que Alejandro pierda parte de la movilidad del tobillo. Sufrió una pérdida de masa muscular que no se recupera: sólo cicatriza. Vienen dos meses de muletas, fisioterapia y reposo. Siente calambres.

La herida pica, arde.

A través de las redes sociales se informa sobre todo lo que está pasando. Trata de no deprimirse.

Alejandro se mantiene en pie, aunque en muletas. Como el país.

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