#InspirulinaEnImágenes | Las imágenes en mi cabeza

Leer en la revista (Recomendado)

inspirulina_imagenes_01

En estos tiempos de fotografía digital, cuando no lo pensamos dos veces para sacar el Smartphone, capturar algo y compartirlo en las redes, estoy convencido de que las mejores imágenes las guardamos en nuestra memoria. Y si bien el disco húmedo de nuestro cerebro pareciera frágil a la hora de almacenar los momentos inolvidables, sí tiene una clara ventaja frente al archivo .jpg en tu computador: te conecta emocionalmente con el momento.

De las fotos mentales que atesoro en mi memoria (la cual es como un queso gruyere, con un montón de agujeros pero cargada de sabor) hay una que me encanta. Veo un sol naranja cayendo en el horizonte, el mar está plácido y tengo mis pies enterrados en la arena. Sí, lo sé, no es una foto muy original. Pero cuando viene a mi mente ese sol benévolo recuerdo también que estaba en Malasia, de morralero en las islas Gili, y me sentía tremendamente feliz. Entonces me dije “que este sol me acompañe en los días grises”.

Y allí ha estado como parte importante de mi reserva emocional. Ese sol, y el recuerdo de esos días cuando el mundo parecía estar muy lejos de aquella orilla, ha regresado muchas veces para decirme que la vida es más que la carrera enloquecida en el trabajo, o que el estrés inútil por controlarlo todo, o que esos períodos cuando las cosas parecieran estar en neutro y sentimos que no avanzamos.

Acá hay otra foto. Estoy acostado en cubierta y mi velero se balancea bajo la noche estrellada. Es uno de esos cielos protectores de luna nueva, cuando los puntos de luz nos hablan del universo entero. Voy rumbo a República Dominicana y pienso que es una bendición estar allí, impulsado por los elementos. Entonces me digo “que esta sensación me acompañe en las tardes encerrado en la autopista”.

Y funciona. No siempre con la misma eficacia, pero ayuda. En ese momento procuro no caer en la tentación de decir “quisiera estar allí, y no acá”, sino conectarme con la emoción de aquella vez y traerla al presente sin apego, solo para recordar que así como hay tardes de tráfico infernal, también hay noches de placidez.

Con el paso del tiempo estas fotos mentales van cambiando en la plastilina de la memoria. Aquel sol naranja y ese cielo estrellado han mutado de la misma forma como voy cambiando a través del tiempo, pero aún así, no se diluye la energía emocional que irradian. Y aunque tengo un montón de fotos impresas en una gaveta (en aquellas épocas usaba película y revelaba las imágenes) por alguna razón son estas las que guardan mayor significado.
Y ahora que escribo me doy cuenta de que jamás tomé la cámara (ahora sería el Smartphone) para capturar el momento. Creo que la vida se ve mejor en directo y no a través del monitor.

Una última foto. Ayer manejaba rumbo al colegio y disfruté con mis hijas de un arcoiris vibrante sobre el mar. Comenzaba en unas nubes todavía cargadas de lluvia y el final entraba con fuerza en el agua azulísima. Nos imaginamos que allí saltaban los peces de colores que habitan los arrecifes y que algunos intentaban remontarlo como si fuera un río. Al llegar al portón las despedí con un beso y me dije “que el recuerdo de esta mañana me acompañe cuando se vayan de casa a hacer sus vidas”.

Para fortuna mía el sol, el mar, las estrellas y los arcoíris siempre estarán allí. ¿Y mi memoria? No puedo asegurarlo, pero al menos mientras pueda revisar el álbum de fotos en mi cabeza tendré la oportunidad de conectarme con esos momentos a cuerpo entero.

Eli Bravo
eli@inspirulina.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *