#InspirulinaEnImágenes | Esas maravillas que vemos como algo normal

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Vivimos tiempos fascinantes aunque nos cueste creerlo. Escribo en el aire, desde el asiento 2E en clase ejecutiva. Almorcé salmón noruego, vino chileno y café venezolano a 30 mil pies de altura. Sin duda, una pequeña proeza logística cuyo único fin es brindar placer al viajero. Visto en contexto esto es un privilegio, pero si caemos en comparaciones, podría lucir una como una nimiedad si pensamos que a esta misma hora hay decenas de pasajeros flotando en primera clase entre París y Dubai acariciados por lo que es, literalmente, un lujo asiático.

Solo por aclarar, esta no es una disertación sobre la relatividad del lujo. Porque el orden de las cosas ha sido siempre así: existen ciertas personas (Kim Kardashian, por ejemplo) cuya vida cotidiana se revela ante los ojos de otras como un festín inalcanzable (Ana X, digamos). Claro, hoy en día existen más billonarios que antes y no hace falta la sangre azul para alcanzar el reinado de las masas.

Esta es una divagación sobre las maravillas que nos rodean y la poca conciencia que solemos tener de su existencia.

Una de las historias que más llama la atención de mis hijas tiene que ver con mi infancia televisiva. En aquel entonces, pongamos mediados de los setenta, en Venezuela veíamos únicamente cuatro canales de televisión en blanco y negro. Eso era todo. Si querías ver la pantalla a color debías instalar algo llamado el antifiltro (un dispositivo que jamás apareció en casa) y lo más parecido al entretenimiento on demand era una película en Betamax (que no todos teníamos).

Ahora explícale eso a unas niñas que han crecido con Netflix, YouTube y Nintendo. Es como imaginarse el mundo sin teléfonos, y no hablo de los inteligentes. O sin electricidad. Para muchos esto sería el equivalente a vivir en las cavernas, con el agravante de que no se parecería a la película de los Croods.

Fíjate bien. Este es un mundo fascinante, dentro y fuera de la pantalla.

Entre las expresiones anglosajonas que más valoro está take it for granted. La mejor traducción sería “asumir que algo está garantizado” y aplica para esas cosas o situaciones que experimentamos como el estándar normal, incluso, como si así hubiesen sido desde siempre.

Pero basta tomar consciencia por un instante para abrir las puertas al asombro. Porque almorzar salmón sobre las nubes es una proeza ante las verduras hervidas que mis ancestros debieron haber comido durante las semanas que duró su viaje transoceánico a las Américas. Aquellos eran tiempos cuando la idea de bussiness sonaba más a “mano de obra inmigrante y barata” que a cualquier otra cosa.

Lo que me trae de vuelta a este presente fascinante y todas sus posibilidades. Porque estoy convencido de que no necesariamente todo tiempo pasado fue mejor, creo que lo mejor que podemos hacer ante tantas maravillas cotidianas es tomarnos un instante para observarlas, ser conscientes de su existencia y disfrutarlas de la mejor forma posible.

O dicho de otra manera, de poco sirve tener un mundo de oportunidades al alcance de la mano si nuestro mayor interés es matar el tiempo, aletargar la mente o hacer lo que nos dicen que debemos hacer. Este mundo se despliega de formas muy diversas (y muchas veces contradictorias) para ofrecernos caminos que nos permitan construir la vida que queremos.

Reconoce. Disfruta. Aprovecha todo lo que tienes a mano.

P.D. Que Kim Kardashian sea un fenómeno insufrible no me parece señal de decadencia, al contrario, es una muestra de que con olfato, desfachatez y escrúpulos en el subsuelo es posible cautivar audiencias. Asunto nada nuevo, solo que ahora Twitter lo hace inmediato y masivo. Así que Kim, a su modo, ha sabido exprimirle el jugo a su (¿pobre?) vida.
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@elibravo

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#InspirulinaEnImágenes | La felicidad es más simple de lo que parece.

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La búsqueda de la felicidad es un denominador común entre nosotros los humanos. Cada quien podrá tener su idea lo que ésta signifique, pero en el fondo ese anhelo está allí, esperando el momento cuando nos demos cuenta de que es importante.

En días recientes fui invitado a dar una charla a los estudiantes del postgrado de diseño interior de la Academia Domus en Milán y Patricia Urquiola, mentora del programa y una de las diseñadoras más importantes de la escena actual, me sugirió que les hablara de algo que ampliara sus horizontes.

Decidí hablarles de la importancia de cultivar un propósito de vida y construir una existencia feliz, temas en apariencia inconexos con sus estudios académicos, por no decir que lejanos a la experiencia de tener menos de 30 años y vivir como estudiante internacional en Milán.

En el grupo había gente de todas partes: brasileños, turcas, taiwaneses, mejicanas, italianos, colombianos y japonesas, entre otros. El inglés fue el idioma que nos sirvió de puente. Por las miradas y los comentarios que recibí esa tarde comprobé que sin importar la procedencia o la historia personal hay asuntos que interesan a toda persona con un corazón que palpite. Llevar una vida con significado, balance y plenitud es uno de ellos. O como me comentó una chica milanesa al finalizar “cada vez más me doy cuenta de que no puedo vivir a toda velocidad sin tomarse un tiempo para mi misma”.

En las últimas décadas se han multiplicado los estudios sobre la felicidad. Desde la neurociencia hasta la psicología se busca entender lo que significa, los caminos para alcanzarla y como mantenerla. De allí surgen teorías, fórmulas mágicas y manuales de autoayuda.

Al final todo se resume en una experiencia de paz y profunda satisfacción con nuestro presente más allá de las circunstancias y los inevitables altibajos de la vida. Algo que termina siendo muy simple pero que complejizamos de muchas formas, entre otras razones, porque no solemos darle prioridad e importancia a su cultivo. Dicho de otro modo, nos distraemos persiguiendo muchas cosas que prometen traernos la felicidad y olvidamos buscarla en nuestro propio corazón.

¿Por dónde comenzar? A los chicos de Domus les sugerí cinco caminos para explorar: Cultivar un propósito de vida más que trabajar por trabajar. Recordar que no solo en diseño “menos es más” si realmente queremos aligerar las cargas. Aprender a vivir en el presente y así no perdernos en remordimientos o ansiedades. Abrir espacios para el silencio que nos permitan conectar mejor con nosotros mismos. Y finalmente entender que la felicidad no significa una alegría perenne o una euforia sin final. Las verdad, más que una emoción o un sentimiento pasajero, la felicidad es algo así como una energía de fondo que colorea nuestra experiencia para llenarnos de contentura.

Cinco vías para explorar sin importar que estemos en China o Argentina. Y una vez que ese anhelo de felicidad toma cauce y le prestamos atención vienen cambios de todo tipo. La vida deja de ser un accidente o una tormenta para transformarse en una experiencia más poderosa. Y a partir de allí nuestra humanidad se expande para adquirir una dimensión más profunda. Sobre todo, más plena y satisfactoria.
eli@inspirulina.com

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#InspirulinaEnImágenes | Reprimir un derecho es negarlo.

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La violencia es un diablo suelto. Un diablo que se muerde la cola. Gira fuera de control llevándose a todos por delante. Una vez en movimiento es impredecible, insaciable, a veces incontenible. Durante los últimos días los venezolanos han sido víctimas de este trompo peligroso. Como si no fuera suficiente la inseguridad que el año pasado acabó con la vida de casi 25 mil personas, ahora la violencia tomó las calles en uniforme.

¿Quiénes son los violentos en esta historia? Depende quien pregunta. Y quien responda.

El drama de Venezuela no es solo la polarización política. Es la deshumanización. La separación. La división sembrada para alcanzar y mantener el poder. Producto de todo esto alza vuelo una violencia que aparece con distintos rostros. Sin distinguir bandos.

“Los violentos son ellos”, una respuesta que dibuja un círculo para dejar a los otros afuera. Porque adentro estamos nosotros. Los que no sentimos la violencia. Los que no la hemos ejercido nunca.

¿De verdad? Observa lo que sucede a tu alrededor. Lo que dicen. Lo que dices. Lo que corre por las calles.

La violencia es un diablo suelto que sabe esconderse en la mente. Y desde allí secuestra la conciencia.

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El miedo puede ser muy mal consejero. Sobre todo cuando se tiene un arma en las manos. Ese arma puede ser un revolver, una cuenta de Twitter o una posición de poder. Cuando se actúa desde el miedo toda acción se justifica en defensa propia. Eliminar al otro termina justificándose como la única alternativa. El rehén del miedo cree que no hay más remedio.

Desde el miedo toda diferencia luce como una amenaza.

El miedo es muy efectivo para manipular. Al contagiar a las personas con miedo se borra el espacio de la respuesta conciente. Desde allí todo es reacción, defensa, retaliación. Actuando desde el miedo se inhiben los caminos del entendimiento porque es difícil (a veces imposible) entender a quienes piensan distinto. Solo hay oídos para sintonizar con las ideas afines. Toda diferencia de opinión es un ataque.

El miedo enferma. El poder también. Cuando esa enfermedad se hace epidemia vienen las mayores tragedias.

Los derechos son universales o no lo son. Pedir tolerancia y excluir al mismo tiempo es incongruente. Es fácil ver la paja en el ojo ajeno. Lo difícil es observar las incongruencias desde adentro. Cuando pedimos paz pero deseamos guerra vamos por el camino equivocado.

¿Significa esto que debemos evitar el conflicto? No. Rehuirle solo hará que crezca. Pero el conflicto se resuelve desde la paz y la firmeza, que no son excluyentes. Hacerlo desde las balas y el abuso es apagar con gasolina el fuego.

No hay tus muertos y mis muertos. Son de todos. No hay tus derechos y los míos. Son compartidos. No hay mi verdad y tu mentira, ambas se encuentran en algún momento. Y desde allí, reconociendo lo que nos une y honrando las diferencias, es posible desarmar la bomba de tiempo que tiene años haciendo tic-tac.

Quienes ayer pedían justicia social y hoy piden cárcel para quienes desde las calles piden esa justicia están cegados por el poder. Reprimir un derecho es negarlo.

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Actuar desde la No Violencia, liberarse del miedo, reconocer la exclusión de los legítimos derechos a quienes disienten bajo un discurso que dejó de ser inclusivo hace mucho tiempo.

¿Qué más?

Entender que solemos defender posiciones en lugar de intereses. La posición ideológica puede ser distinta en Venezuela, pero el interés común de paz, seguridad y progreso no tiene banderas. Tiene una sola. Y bajo ella cabemos todos.
eli@inspirulina.com

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