#MontadoEnLaOlla | Tratado del desolvido

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Mirar más allá de lo prudente. Tratado del desolvido. Por un año más
Cuando estudiar diseño gráfico era –apenas– una posibilidad para mi, tuve dos razones que me dieron el puntapié necesario para decidir esa nueva vía de andanzas en mi vida. La primera era que no quería ser un músico de metro (música es lo que había decidido cursar) y la otra es que en el pensum de estudio de la carrera había tres semestres de fotografía. Quizás, en lugar de cambiar música por diseño, habría sido más fácil hacer un curso de fotografía mientras estudiaba música y tal vez habría llegado a divertirme (y ganarme la vida) tocando en el metro o fotografiando en alguna que otra boda o quizá haciendo ambas cosas en una primera comunión.
Lo relevante de este cuento, a mi modo de sentir, es que desarrollé –más allá de lo prudente– un criterio, una manera de mirar el mundo que está fuera de mi y, en consecuencia, una forma especial de entender el otro mundo, el que llevo dentro.
Admiro a los fotógrafos. Admiro a los que pueden detener su mirada en una imagen que muestre millones de cosas, que hable, que enmudezca, que grite. Eso me sensibiliza. Admiro su capacidad de arrancar pedazos de la vida y entregarlo en forma de “foto”, eso sí que es un regalo inmenso (aunque no lo recibamos). Admiro tanto a los fotógrafos que prefiero no ser –jamás– uno de ellos. Son tan necios y arrogantes que yo mismo no podría serlo aún más (ya tengo bastante de esos dos ingredientes en mi cuerpo). Y es que ­–con el permiso y el perdón de ellos– no conozco el primer fotógrafo con humildad, pero ha de ser parte de lo divertido o de lo artístico (supongo). En cualquier caso, esa arrogancia y ese arte contenido me ha llevado a “mirar” distinto.
“Mirar”, en términos –estrictos– visuales , me ha enseñado a desarrollar el talento de “mirar” (hablo ahora del olfato en términos –estrictos– de intuición), lo que ha representado tener un amplio espectro de la acción de observar. He aprendido que lo prudente no es necesariamente dejar de mirar, sino administrar lo que vemos, lo que decimos de ello, lo que hacemos con eso. Podría –por ejemplo– ver, con una facilidad enorme, cuando dos personas (o más) se comunican públicamente con códigos indescifrables para los demás. Podría resolver la matemática de las palabras que observo reconociendo el error de estilo visible. Podría –casi– escuchar conversaciones en mi mente que me cuentan (esto es sólo ficción) el cómo ocurrieron los hechos que condujeron las cosas para crear las situaciones que estoy viendo hoy. Podría –como un perro– “oler” lo que está pasando, pero saberlo a ciencia cierta, investigarlo, no me parece prudente, prefiero que se esfume esa fantasía o escuchar una verdad. Finalmente esto trata de “mirar” y en consecuencia poder “ver”.
Justo ahora, cuando se cumple un año de haber recibido la invitación de mi amigo Ricardo Arispe a participar en este proyecto @detodounfoco quién (junto a todo su equipo de trabajo) me abrió las puertas a un chat room público, no quiero hacer otra cosa que agradecer y sonreír con el espíritu del vencedor (o sobreviviente). Verán, yo jamás olvido, al menos eso he creído por un buen tiempo. El recuerdo es, en gran parte, lo que sigue alimentando mi futuro y ya no hablo de un pretérito personal sino de un camino, una direccionalidad, una vía hacia adelante para lo que quiero y lo que ya no. Dicho en términos fotográficos: foco. No hablo de una parada de autobús sino una dirección que seguir. Voy por un año más y luego otro (y otro). ¡Enhorabuena!
He aprendido a amar (aunque de mala manera) y he aprendido a odiar (de una forma más bien elegante), he aprendido a olvidar y a traerme del olvido los mejores recuerdos, he caminado (amén de lo divino, sutil, hermoso, delicioso, enriquecedor, musical, sensorial y pare usted de enumerar) un camino necio, obstinado, obscuro, confuso, competido, amenazado, burlesco, casi bipolar, propicio para dar pasos en falso y gracias a ello he aprendido a caerme mi has veces pero la mejor práctica ha sido levantarme (que me ha costado una bola), y cargarme en los demás. He aprendido a creer en la gente aunque mientan y he recuperado mi capacidad de asombro. He visto los amaneceres (y atardeceres) más hermosos del mundo y he comenzado a ser discreto en el arte de soñar imposibles, he sido monógamo en esto del café y estrictamente disciplinado en aquello de conservar –intacto– su aroma, como esa imagen de la taza con lunares.

Doy gracias. Gracias infinitas a todos los que han colaborado con este delicioso andar, les amo, jamás les voy a olvidar, incluso a algunos les he recuperado del olvido. No se si exista esta palabra, pero me gusta presumir de desolvido.
“Buenas noches, amigos y enemigos”.
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#MontadoEnLaOlla | La foto, el horizonte y el Cambio de clave.

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Cuando comencé a estudiar diseño, recuerdo, el formato de trabajo era –hoy lo entiendo– lo más importante. Todas las entregas eran presentadas, por exigencias de la escuela, en proporción 1:1. No estábamos preparados para hablar de formato “alto”, mucho menos “apaisado”.  No existía instagram ni esta moda de las cosas “cuadradas”. Siempre he andado lejos de las modas, podría jurar que en dimensiones distintas y a miles de kilómetros de distancia de ellas.

Buscando no encajar en un “grupo” aparcaba en otro: el grupo de los que no encajan en otros grupos. Nunca quise ser diferente, sólo normal, eso sí, sin norma, era entonces cuando sentía que tampoco quería estar en la caja de los que no caben en otras cajas. Me han llamado hippie, bohemio, artista, vago, poeta, sensible, amargado, genio, mamarracho, mujeriego, músico, mentiroso, encanto y qué se yo cuantas cosas más. Por fortuna y para mi felicidad, jamás me han llamado “comerciante”.
La moda me alcanzó o yo llegué a ella o simplemente nos encontramos. Ahora uso Facebook, Twitter, instagram y tengo un iPhone.  Me fui por el formato 1:1 y por supuesto, desde ese día he tenido discusiones con amigos, me han dejado algunos aviones, he perdido varios contratos y un montón de sonrisas, por “cuadrado”, eso me han dicho.
Me gusta ver fotografías apaisadas. Son mis favoritas. Pero siempre fotografío en vertical y después las llevo al cuadrado. Es como si me diera miedo ver lo que miro medido con el horizonte. El firmamento, en otras fotos, me llena de sensaciones tan inmensas como sabrosas, tan extrañas como fantasiosas. El formato puede hacer la diferencia.
El horizonte puede mostrarme la verdadera distancia entre el cielo y el mar, invita a asomarme en la inmensidad y descubrir las naves “flotonas” en direcciones distintas sobre la misma mar, cuyo destino será la orilla. Puede mostrarme las líneas que dibujan el camino que falta por recorrer o las nubes descarando formas y luces. Una vertical me pone –ante los ojos– la grandeza, la soledad y la firmeza de estar vivo con elegante dignidad, pobreza y belleza, aunque me oponga al efecto de la fabrica de nubes negras. Una cuadrada hace que mis ojos se den el banquete del color inflexible, me muestra las geometrías redondas y la verdad detrás de los genes.
Ya no soy el mismo y me encanta no serlo, hay cosas que no cambiarán jamás, pero he cambiado. He cambiado la clave. La clave es mirar. Creo que ahora estoy mirando al lugar correcto y no paro de reír y sonreír y volver a reír, aunque llore. Me he encontrado con viejos amigos y he recibido a gente nueva, hasta tengo un grupo en whatsapp que me divierte y me reconcilia con la felicidad, me hace parecer loco cuando ando en la calle porque me río de todo y de nada, me doy cuenta que, en la calle, ya la gente no se ríe, ni en las reuniones de trabajo, ni en la intimidad de la familia. Yo ahora me río y mi propósito es seguir riendo. Tengo nuevos propósitos y una nueva dirección: un horizonte. Sigo sin escuchar reggaetón.
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#MontadoEnLaOlla | Del crepúsculo al acaecer

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Del crepúsculo al acaecer

El tiempo me ha mostrado que cada momento es perfecto, aunque –hablando del tiempo– quizá deba decir “relativamente perfecto”. Los colores cambian ante nuestros ojos de acuerdo al tiempo que dure expuesto a la mirada. Son pequeños cambios. Casi imperceptibles. Son matices y, en algunos casos, ilusiones.

La luz, esa cosa etérea y maravillosa que casi todos conocemos pero que no sabemos exactamente qué es, incide también en nuestra percepción del color, también relativa al tiempo. Se dice que la luz es el “agente físico que hace visibles los objetos” o aquella “claridad que irradian los cuerpos en combustión, ignición o incandescencia”. Los filósofos pueden verla como el comienzo, el origen, el inicio. Para los religiosos y creyentes es símbolo de pureza, de lo divino, lo venido del cielo. Los estúpidos la nombran porque otros lo han hecho. Los payaso se sienten, tristemente, iluminados por ella. Para los “copycat” es un imposible. Los olvidados la buscan para recordar. Puede que la luz esté asociada a todas esas cosas juntas. Puede que sólo sea ausencia de oscuridad o exceso de belleza. No lo se. Es luz, como la de las bombillas, como la de los faros de los puertos que procuran —en cada giro— 12 segundo de oscuridad, como la que nace en la pantalla de proyectores de cine, la que irradia el sol, la que esconde mi tatuaje, la que fotosintea (no se sí existe esta palabra, pero me gusta) a mi limonero y mi árbol de granadas.

Los científicos estudian el comportamiento de la luz, sus características y sus manifestaciones. Ese estudio es lo que los físicos llaman “óptica” y ese vocablo, también es usado en fotografía para referirse al “lente”. Me gusta el origen de esa palabra porque proviene del latín “lentis” que quiere decir “lenteja”. Me gustan las lentejas. Son mágicas.

Los crepúsculos son un buen intento de la naturaleza para mostrarnos que hay cosas más grandes, hermosas y complejas que nosotros mismos. También son oportunos actos para relacionar el tiempo, la luz y el color (incluido el matiz) en una sola fórmula inimitable.

La luz, justo cuando cae el sol, haciendo uso de sus propiedades (refracción, absorción, reflexión, dispersión, propagación, difracción, polarización), entra en contacto con las partículas de polvo (de diferentes materiales y densidades) y las de vapor de agua que, gracias a corrientes de aire –formadas por cambios bruscos de temperatura– se mantienen flotando en un espacio incalculable. En el Estado Lara de Venezuela ese “espacio incalculable” se sitúa entre El Tocuyo y Quíbor, pueblos que por gracia divina se convierten en una pantalla holográfica, en donde todas esas propiedades de la luz solar producen una paleta de color que hacen del cielo una obra de arte y va cambiando a medida que el sol se oculta, que corre la brisa, que se mueven las nubes. La gama puede pasar de un negro azul a un naranja vivaz. Puede durar segundos en nuestros ojos y –tal vez– años en la memoria.

Pero los que saben de crepúsculos, por lo general, nada saben de estas intimidades físicas. No las necesitan. Sólo se necesita tiempo para ver cómo acaece y cómo se guarece el sol tras la falda del horizonte.

Nací en una ciudad tarantinezca. Le llamo así porque en Barquisimeto los crepúsculos son gratis, los árboles pierden las hojas a destiempo (como yo) y se convierten en dendritas, la caída del sol tiene banda sonora, los edificios se hacen parte de la foto y a veces interviene la luna en forma de hamaca, de sonrisa o de guiño pícaro.

A ratos es sólo la fantasía de un guión de cine la que me hace creer eso. Tal vez sea tan simple como mi necesidad infantil de estar sentado junto a Ella a esa hora del día en que la luz marca el ocaso, entonces su recuerdo es real, profundo, casi palpable.

Ante un crepúsculo barquisimetano apenas hay sombras y la vida que alcanzo a mirar se convierte en una especie de caleidoscopio steadycam.

También hay vampiros y otras criaturas acrónicas que te sacan la sangre y te muestran la lengua, hay portales mágicos en la entrada de los bares y los relojes giran (los que tienen aguja) a otra velocidad (más lenta).

Andar el camino del día para esperar la hora crepuscular es como sentarme en una sala de cine a vivir otras historias, como usar otros nombres.

“Pelea ahora, llora después”

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#MontadoEnLaOlla | De la inocencia, la toma del refugio y el derecho a redimir.

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Cuando me senté a escribir este post pensaba en la palabra soñador. Ilusión. En realidad lo que tenía en mente era el vocablo iluso. Quería escribir, como un acto de liberación, acerca de los sueños que soñamos cuando estamos despiertos, esa idea de una situación que queremos que nos pase o deseamos vivir o simplemente aquellas fantasías que nos hacen la vida más complicada, dolorosa y más hermosa a la vez. Muchas veces, esa quimera termina esfumándose y rompiéndose por la bofetada de la realidad. Me puse –antes de escribir– como ejemplo esos desvaríos infantiles de ser, no sé, astronauta. Entonces en un arrebato de imprudencia –quizá no era sino simple ponderación– me dije, existen astronautas y han llegado a la luna, así, como si no hubiera limites. Supongo que defendía –casi con terquedad– mi derecho a soñar. Rápidamente, haciendo uso de mi necesidad de redimir las utopías, busqué otra imagen a la cual destruir. El deseo inocente de ser un superhéroe. En esto sí que no fallaría, no existen tales criaturas. Pero no debí usar esa palabra. Inocencia. No debí, porque –de nuevo– corrí a guarecer mis sueños, pero esta vez eximido de culpas. Soy inocente, como dice el ladrón. Armstrong no fue un iluso, ni un utopista cuando soñó con ir al espacio. Fue inocente de imaginar, de creer, fue un niño, uno que no cedió a la interferencia ni al ruido ni a lo que le mostraba la realidad.

Soñar desde la inocencia y no desde el despotismo, concluyo. Sí. He sido un tirano, un temible absolutista de querer ver lo que sueño. Amparado, entonces, en mi libramiento de yerro, me dejé llevar, soñar y sonreír. Fue así como llegué a 1943 y pude verme de frente, en esa oscura calle de New Orleans parado junta a aquel gazebo alumbrado por la luna, viendo a la mujer que amo hacer una danza para mí. Mirando a la más hermosa mujer mostrándome lo que más le gusta hacer, mirarme, tomarme, desearme, bailar conmigo hasta envolvernos en ese beso de cuerpos que casi pude sentir en mis labios. No quiero ser Brad Pitt, no, mucho menos Benjamin Button, sino ese hombre, quien quiera que sea, que pudo vivir aquello. Pude haber sido yo pero, de ello, también soy inocente.

Cocinar es un acto de hecho. Arduo muchas veces. Requiere concentración, dedicación del cuerpo, el alma y la mente, las manos, los ojos, la lengua. Si no es así, ciertas cosas podrían salir mal y, en el mejor de los casos, tener un plato de muy mal sabor o textura. Es igual que fotografiar, no sólo es encontrar la imagen, sino cuidar la exposición, el foco, la distancia, la respiración, la posición, la actitud corporal. Es estar presente. Ocuparnos de ello es aislarse –por momentos– de todo lo demás, incluso de soñar. Por ello tomo refugio en la cocina, a ratos en la música y las menos de las veces en la búsqueda de una imagen con mi cámara o mi teléfono, precisamente, para redimir mi sed. No soy Mr. Button. Soy, en cambio, un luchador. Soy un creador, un gran cocinero, un músico y escritor. Soy lo que soy. Un gran tipo y no quiero convencer a nadie de ello. Vamos a fotografiar y a cocinar. Bienvenidos.

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