#UnCuartoParaLasTres| Pequeñas cosas

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La primera vez que salí de viaje solo pensaba en tener la mayor cantidad de imágenes posibles para verlas cuando volviera. De hecho, lo conseguí: casi 2 mil impresiones de placas, postes, techos, edificios, gastos, comida, puentes…

Cuando las comencé a ver y seleccionar, juro que me dormía del aburrimiento. Una y otra vez hacía clic en el cursor, recordando de dónde era la foto o qué significaba, hasta que llegó un momento en el que me di cuenta de que estaba haciendo lo mismo de siempre: pasar por el mismo lugar una y otra vez. Ninguna foto me traía un sentimiento o anécdota asociada a ella; era solo una máquina que tomaba fotos con otra máquina.

Volví a viajar y esta vez, aunque la tarea fue difícil, la reduje a 600 fotos. En ellas ya habían comenzado los “selfies” y difícilmente me detenía a ver con qué demonios me estaba tomando la foto. En este momento era la necesidad de decir “aquí estuve y tú no” la que me impulsaba (aunque suena egoísta siempre hay un deseo recóndito de generar envidia) y por eso ya no importaba que las placas, los postes, o los techos estuvieran en segundo plano.

Con mi mal sentido de la orientación, llegué a un parque normal, de alguna ciudad normal, de algún país normal. Decidí sentarme un rato a pensar donde retomar mi ruta y vi una gran extensión de florecitas amarillas, de esas que crecen en la orilla de la acera; eran muchísimas. Empecé a jugar con las selfies y me di cuenta de que había una amapola con un rojo tan brillante que no entendí qué hacía allí de coleada alterando la serenidad de las florecitas. Pensé allí que suele ocurrir que muchas veces pasas por el mismo lugar, una y otra vez. Ves a las mismas personas y escuchas las mismas cosas. Se te olvida su nombre y todo te parece igual, convirtiendo en un patrón todo lo que ves. Jurarías que si cierras los ojos podrías dibujar con total certeza esa calle o ese rostro, producto de tu continuo transitar. Como ser humano tiendes a la repetición y a la asociación como parte de tu experiencia previa, lo que produce un hábito rutinario y te convierte en una máquina donde, una y otra vez, pasas por el mismo lugar.

También suele ocurrir que con esa rutina, dejas de asombrarte. Dejas de ver las pequeñas cosas.

Desde ese momento me dediqué a observar no solo lo que estaba a mi simple vista, sino lo que nadie está dispuesto a mirar; lo que distorsiona, lo que lucha por decir “aquí estoy pero no me quieres ver”, a descifrar lo que dice un rostro o simplemente, a entender que quizás eso sea algo que no vuelvas a ver por segunda vez.

Ayer, por la misma calle por la que paso una y otra vez, floreció un Araguaney…

yosselyn@gmail.com
@yosselynn

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#UnCuartoParaLasTres | Luz.

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Aquí estamos tu y yo, sentados frente a frente. Un año después.

Comimos un plato que no habíamos probado, en un café que nunca habíamos visitado, en un lugar de la ciudad al que jamás nos habíamos acercado. Todo por primera vez
Todo parece tan bizarro en este lugar, tanto que parece que no sintiera el peso de 365 días atrás. Estas tú ahí, contándome de cómo te va, de lo que te preocupa, de cómo te ahoga tu entorno y de lo que has vivido durante este tiempo y, lejos de hacerme sentir mal, me reconforta verte por primera vez hablando de tu vida sin la mía a tu lado.

¿Qué esperar de nosotros? Es una buena pregunta, afirmé. Perdimos el tiempo en muchas cosas que nos desgastaron y no nos dejaban avanzar, y cuando nos dimos cuenta de eso, un año había pasado ya y estamos aquí, hablando de lo nuevo y desconocido que ahora es todo para nosotros, justo cuando nos conocimos.

Trato de revisar las hojas de ese álbum donde estuve un año indagando y preguntándome qué nos había convertido en un par de desconocidos, y no veía nada. Solo nos veía riéndonos, y allí me volví a preguntar por qué la gente, aún estando tan mal, sonríe para una foto ¿Optimismo, quizás? Pensar que aún no todo está tan mal y que cuando vuelvas a ver esa foto, agradezcas que ahora todo está mejor.

Creo que esa teoría no es del todo absurda, porque estamos aquí nuevamente uno frente al otro, luego de un año de desconexión. Un año que para algunos puede ser de “reflexión” pero que para los dos fue de reencuentro con aquello que vimos en nosotros la primera vez que nos conseguimos, aquello que nos gustó y motivó para seguir adelante uno al lado del otro.

De todas las fotos de nuestro álbum, la que más me regocija es esta, la del ciclo cerrado, el corazón limpio y la mente abierta. La luz que entra para depurar todos los rincones oscuros y promete un mejor comienzo con mejores imágenes para mostrar.

Sin rencores, sin remordimientos y sin reproches.

Saboreando cada nuevo bocado, como lo hacemos en este café que jamás habíamos visitado. Espero que el próximo año continuemos reinventándonos, reconociéndonos y sobre todo, encontrándonos.
yosselyn@gmail.com
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#UnCuartoParaL@sTres | ¿ Quién Soy ?

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Es la pregunta que ella se hace mientras mira su reflejo en el charco. Una lágrima corre y conecta sus lunares, los que la muchedumbre alababa al compás de cada flash que sonaba.

Soy una más del montón

Ella se pregunta en qué momento la realidad se convirtió en fantasía, y lo que ella conocía se disolvió como arena entre los dedos. Se vio en cada mural, en cada pantalla, en cada hoja de papel. Su originalidad fue lo que la llevo a estar en boca de todos, siempre arriba, viviendo la vida que “merecía”.

Va caminando con sus tacones gastados y un abrigo de segunda, rozando con su mano todas las paredes que consigue. Las texturas le hacen pensar que todavía siente, que no es una figura de piedra, un objeto desubicado en un paisaje deshabitado. A ratos se reconcilia con su pasado pero la ironía de la vida le gana; el mal karma la acompaña. No entiende cuando dejó de ser.

¿Que soy?

Un perro pasa a su lado; ella, presurosa, intenta recordarle. Cree que tuvo uno parecido y busca en su bolsa de recuerdos un recorte amarillento de un periódico de algún momento, que le recuerda a ese perro, a sus lunares y a la luz del flash que la acechaba. Solo le llegan a la cabeza un par de tragos que le decían “uno más, por favor”, mezclado con algunas dosis de “no volveré a hacerlo” y una inyección de arrepentimiento que la devuelven a la calle por la cual deambula, con sus lágrimas descoloridas haciendo conexiones geométricas en su rostro, rozándole la boca y dejándole una sed agridulce en sus labios. Ya no sabe lo que es, o en lo que se convirtió.

¿Y tú quien eres?

Una reproducción de la vanidad y el deseo de una época venida a menos. Una imagen multiplicada mil veces, banalizada y ahora convertida en despojo. Una ícono adorado y ahora olvidado. Soy lo que tú eres, una imitación de lo que deseas llegar a ser y buscas a través de los atajos; una presa fácil de la corriente, con la que a veces te dejas llevar, pero que te sumerge sino te preparas para escapar de ella.
Un farol desprende luces que le hacen pensar que esta es su última fotografía. Se limpia las lágrimas, se pinta los labios, y se lanza a un narcótico sueño del cual no quiere volver a despertar.

Esa soy yo. Esa eres tú. Soy tu copia. Una vulgar fotocopia.

yosselyn@gmail.com
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#UnCuartoParaL@sTres | Violeta

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Violeta

Esta es la historia de mis dos madres: la que me crió y la que me parió. De la que me enseñó a comer y la que me invitó a soñar. Una, la que me educó para ser disciplinada, y la otra, la que me impulso a trabajar por lo que quiero . He vivido honrandolas, cada día,  haciendo que se sientan orgullosas, dandoles merito a lo que han hecho de mi.
Cuando era pequeña, me gustaban las acuarelas, pero los colores primarios eran los que siempre se agotaban mas rapido. -¿Por qué no pruebas a mezclar?, me animaban. Y así, nacía el verde, el naranja y el violeta, el que más me gustaba. Aún cuando se acabaran los colores, siempre había una manera de que existieran, y por eso las pintaba a ellas con mi color preferido, el que me recordaba a su pintura de uñas o a su labial; quizás a una blusa vaporosa o a un par de tacones. El violeta era mi mundo con ellas y sin ellas.
A las dos les digo “mamá”; todavía vivo con ambas y aunque a veces es difícil identificarlas, parece que cuando las llamo, cada una sabe quién es. A veces les hablo por su nombre propio y se sienten ajenas, por lo que continúo con ese juego infantil de mimetizarlas, aún cuando cada una acepta su rol. Ahora , ya mayor, una me ha enseñado a cocinar y la otra a saber con qué hombre no me debo meter;dos cosas tan importantes como fundamentales para una mujer a la que ya se le olvidó pintar.
Desde hace un tiempo para acá, soy una paria en mi propia casa. No sé cómo hablar, no sé a quién defender. Soy una sombra que aturde con su silencio. En mi casa ya no hay espacio para los restos de acuarelas de la primaria , solo hay colores primarios que ahora  lo manchan todo. Ya no puedo ser violeta, ahora me toca escojer un color.
Vivo con una mamá viuda y una mamá soltera, donde dos partes de mi hogar se desconocen, donde quisiera prender un caucho en la puerta del baño, pero prefiero pedir la bendición.  Vivo en Narnia y en la Ciudad de la Furia, y no me gustan ninguna de las dos, porque desde que tuve que ver a mi mamá de rojo y a mi mamá de azul, se me olvidó pintar.
Deseo a volver a ver los colores del lugar de donde vine y en el que creci. A enseñarles a los hijos que quisiera tener, un lienzo en el que no se hagan daño ni se desconozcan. El lugar que con respeto, con amor, con rojo y azul, podamos hacer nuevamente el violeta.
Amo a mi mamá,  y a mi mamá,  porque aún cuando tristemente trato de ser gris para no dañarlas, hsn sido mucho más que toda la caja de mis acuarelas.

yosselyn@gmail.com
@yosselynn

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#UnCuartoParaL@sTres | Autorretrato

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Después de tener toda la vida contando la historia de otros, siento que es momento de contar la mía. Muchas personas han pasado por esta sala; niños desesperados por atención, damas que quieren ocultar más de lo que desean mostrar; hombres obligados a sonreír; familias que se quieren sostener un recuerdo. Toda una pantomima de lo que queremos y no podemos ser.

Todo lo que tengo ahora es un álbum del aquí y el ahora, de lo que, paradójicamente, he podido pero no he querido ser. Cada día es un cambio de iluminación, de decoración, un inicio y un comienzo constante para mí. ¿Has pensando alguna vez que el cambio también puede volverse rutinario, monótono? ¿Que a veces estás cansado de cambiar, porque te acostumbras a olvidar, y quieres ser solo un momento capturado en el tiempo? Suena contradictorio, pero, ¿quién no es inconforme e indeciso en esta vida? ¿Acaso alguien no te ha pedido tomar una y otra vez la misma imagen, o simplemente tú mismo has decidido apretar el botón de tu cámara una vez más solo por si acaso?

Quizás al final mi historia sea como la tuya. Es un ir y venir de imágenes que pasan todo el tiempo por tu lente y por tu cabeza y que definen el mundo en el que vives. Puede ser un mundo en guerra, un mundo frívolo y banal, un mundo convulsionado, un mundo pacífico. Es un mundo en el que no sabes cuál es tu misión, en el que tratas de ser alguien, tratas de olvidar, tratas de aferrarte a lo que no puede ser. Y te ves a ti mismo, fotografiando al cadáver en la calle, a la modelo recién operada, al niño buscando pan, al anciano mirando al cielo. Para no vivir en tus recuerdos inventas un mundo a partir de los que robas del resto, y no reparas en construir los tuyos.

Por eso estoy acá, sentado en esta sala, colocando el temporizador y todos los que han pasado por aquí cobran vida delante de mí, y me permito recordar cada detalle de su visita. Es ya un poco tarde para mí, pero pienso en cómo lograr sostener mis recuerdos, los de aquellos que amé, amo y amaré. Tengo un álbum del aquí y el ahora que busco llenar desesperadamente para ganarle a mi mente este juego de las escondidas en el que me metió.

Es una carrera contra el tiempo. Click, tic, click, tac, click, tic, click, tac. Continúa el desfile de rostros, momentos, paisajes, objetos, que a ratos se difuminan; me obsesiono por capturar todos los que puedo porque ya no sé cómo ganar este juego de las escondidas, en cómo no desvanecerme en la luz y el papel. De contar la historia de otros, pasé a no tener cómo contar la mía.

Quedan unos 20 segundos para que el obturador se active, y la vida me pasa como en las películas. Podrías pensar que estoy muriendo pero en realidad soy un rebelde de los cambios, de aquellos que llegaron a tu vida sin tocar a la puerta, de las cosas que no pudiste ni podrás revertir, de lo que no veías venir. Es una paradoja que alguien que vivía haciendo recuerdos para los demás, pierda ahora el suyo, y por eso busco cerrar mi álbum del aquí y el ahora con lo único que todavía no he dejado de reconocer: YO.

Click, tic, click, tac, click, tic, click, tac. El de la foto parece haber tenido una vida plena, un puñado de experiencias y una historia que contar. Luce perdido, pero aún así, parece haberse encontrado a sí mismo antes de dejarse ir. Ese de la foto se parece un poco a mí.

@yosselynn

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#UnCuartoParaL@sTres | Deja vú

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Tenía unas cuantas horas esperando. Ya estaba acostumbrado a que el destino hiciera de las suyas para dejarle varado en aquel lugar remoto del mundo, lo cual siempre le resultaba desgastante y desalentador.

Durante la espera, acostumbraba hacer alguna cosa que lo mantuviera distraído. Nunca le gustó tomar fotos en los aeropuertos porque muchos le parecían retratos lúgubres de personas que iban y venían; sin embargo, le gustaba hacer de la ilusión una realidad y por eso se divertía imaginando historias en cada personaje que se le iba cruzando por el camino.

En cada pasillo todas las miradas se hacían cómplices; le miraban con ojos acuciosos mientras perseguía a las siluetas que pasaban, unas más rápido que otras. Mira con malestar a la señora con el sombrero en el café, al mismo tiempo que nota que la rubia de la esquina le observaba; desvió su mirada hacia aquella pareja que no dejaba de besarse, y se tropezó con un pequeño que le halaba la correa de la cámara. Ese escenario bien podría servir para una buena película dramática, en la que el protagonista entraba en un laberinto del cual no podía escapar.

Imágenes iban y venían cuando, sin querer, la vio: no sabía quién era, ni de dónde venía; solo sabía que la conocía. ¿Cuándo? ¿Dónde? Quizás en aquel café cerca del Río Arno, o en alguna calle de Brujas. Su rostro le parecía tan perfectamente familiar que sintió el deseo de acercarse a saludar, a preguntarle por su vida, su familia, su motivo de visita. Los latidos de su corazón le pedían clemencia mientras buscaba la manera de decidir si tomaba la foto o corría a abrazarla.

Pensó en si le recordaba a alguna de las mujeres que había fotografiado, a las que había amado u olvidado. Y recordó que, sí que había olvidado…Concluyó que tenía mucho tiempo viviendo su vida a través de otros, en paisajes, lugares, retratos, escenas… ¡qué frustración no poder ubicar a esta chica en tiempo y espacio!, ¿era producto de su imaginación pensar que la conocía?

Miraba una y otra vez las fotos de su cámara en señal de alguna pista. De repente, de pie ante él, se encontraba la chica de ojos claros y cabello oscuro. No tuvo tiempo de seguir revisando cuando, inesperadamente, se abalanzó sobre él y lo estrechó en un fuerte abrazo.

– Hola, esperaba por ti. Dijo ella

Los pensamientos atormentaron su cabeza, pero ninguno le parecía real. Comenzó a recordar que muchas cosas se le habían olvidado, que no sabía dónde estaba, ni la hora ni el lugar; al saber quién era ella, se dio cuenta de que ya no sabía quién era él.

– Hola. Yo también.

Todavía sigue esperando, en algún lugar de su mente, salir del laberinto que lo confinó a olvidar. A veces recuerda y usa las fotos que ha tomado para armar el rompecabezas de su vida pasada. A veces cree verla en la calle, en el puente o en aquel café. Sus ojos claros y el cabello oscuro se desdibujan en la niebla de sus pensamientos y aparecen de repente; todavía sigue esperando que ella lo venga a buscar.
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#UnCuartoParaL@sTres | Postales de lo ajeno.

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A veces tomamos fotos que nadie entiende. Tú y yo sabíamos mucho de eso

Esa premeditación y alevosía siempre nos gustaba, porque jugábamos con ella. Esas figuras incompletas, objetos atravesados, paisajes oscuros o personas desconocidas, eran piezas del rompecabezas de nuestra historia, la que construimos por partes, a escondidas de los demás.

Siempre preguntabas porqué siendo tan buen fotógrafo, nuestras imágenes eran tan malas. Y te expliqué que así como esas fotos, la vida -nuestra vida-, no era perfecta, por lo que la mejor manera de recordarnos era a través de aquellos pequeños detalles que para el resto pasaban por alto pero que para nosotros habían significado, aunque breves, maravillosos instantes.

Es difícil dejarte atrás. Confieso que me cuesta desaparecer nuestras fotos y menos en esta era digital, que parece un techo con goteras, porque cuando intentas eliminarla de algún lugar, irremediablemente te aparece en otro. Me sigues invadiendo la cámara, el móvil, el internet, las paredes de mi casa. Estas ahí presente siempre, conectados en la distancia, en el tiempo, en lo ajeno.

Voy en el tren mirando nuestras fotos y pienso que en esta vida siempre habrán 3 cosas difíciles de recuperar para mí: un rollo velado, una memoria formateada y tú…tu voz, tu risa, tu mirada en cada lugar que visitamos. A escondidas de los demás, la foto de tu anillo o la imagen de mi billetera se convertían en una máquina del tiempo que nos llevaban a aquel parque o a algún café; construimos recuerdos que siempre estarían con nosotros.

Voy a tu encuentro, falta poco para vernos. Me incomoda que siempre estemos ocultos, pero prefiero pensar que aún en la sombra, brillamos sin opacar a nadie. Tomo algunas fotos del andén, la hoja seca en el piso, el niño con la pelota…no quiero perder detalle de este encuentro porque nunca tenemos tiempo, siempre tenemos prisa.

¿Y qué es la prisa? Solo una excusa para no dedicar mucho tiempo de tu vida a nadie, un invento de aquellos que temen a arriesgarlo todo. Hoy es el día en el que decidí dejar mis miedos y dedicarme a ti, apostar por ti y no esperar a que haya tiempo, o que haya espacio para nosotros.

Veo el móvil y no llegas. Debo ir a trabajar, me inquieta tu retraso. Vuelvo a tomar una foto del andén, una última, y prometo que la próxima no será más ajena a nosotros. Ya no hay excusas para ser los protagonistas, para que haya un primer plano de nosotros. Hoy es el día en que decido ser para ti, el resto de la vida.

Nueve años después, vuelvo a ver esa última foto, nuestra última postal de lo ajeno. En ella, el andén, un reloj y la fecha en la que pudo más la prisa de la vida de llevarnos por delante:

Madrid – 11 de marzo – 7.37 AM
yosselyn@gmail.com
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#UnCuartoParaL@sTres | En esta esquina

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– ¿Qué te gusta de mí?.

– Adoro tus ojos. Y a ti, ¿qué te gusta de mí?.

– Tu sonrisa…

Así, inmóviles, permanecemos largo rato. Muchas personas caminan a nuestro alrededor y nuestra complicidad nos delata. Estamos uno frente al otro, sin nada que decir, viendo a la gente y la vida pasar.

¿No te gusta estar así, quietos? Pareciera que nada nos detiene; aguantamos el frío, el calor, la lluvia o el sol. Nos sentimos los dueños del mundo, en esta esquina, viendo la gente pasar.

La otra vez vi que mirabas a la nueva rubia de la esquina. Al principio no me importó; sin embargo, varios días después muchos más la miraban. ¡Me sentía tan ignorada! No tenía manera de llamar tu atención; juré no volverte a ver, pero era imposible, no podía evitar estar frente a ti otra vez.

¿Tú qué crees, que estoy pintada en la pared?

He estado mucho tiempo aquí. Vivo la rutina de ver miles de cuerpos pasar rápidamente frente a mí, algunos cabizbajos, otros distraídos, unos cuantos interesados. Al principio era emocionante ver sus caras rebosantes de deseo y a veces hasta de envidia; lo veía como parte del trabajo. Luego la costumbre me convirtió en un objeto más de esta esquina, una mirada inerte en la que nadie posaba sus ojos.

Entonces llegaste tú, ¡y no querías dejar de verme!

Me sentí importante otra vez y no importaba que nadie reparara en mí, porque ya tú me acompañabas. La luz del día nos hacía cercanos y las de la noche, cómplices. Nos volvimos uno solo, yo con tus ojos y tú con mi sonrisa. No podíamos dejar de mirarnos hasta que la rubia de la esquina me convirtió en una mancha.

No había nada que hacer. La costumbre de estar uno frente al otro nos volvió difusos, ajenos y distantes. Abandoné la idea de permanecer allí y me volví gris, me desgasté. Tú seguías hermoso y sereno, contemplando a la rubia. Pasaron días, quizás meses, y me mimeticé con el ambiente. Me olvidaste, me olvidaron, me olvidé. Mi sonrisa comenzaba a desdibujarse cuando un día cualquiera, la rubia de la esquina desapareció.

Fue un instante extraño; había dejado de sonreír para ti y ya no te podía mirar. ¡El tiempo me había quitado tantas cosas! Había asumido que sí, que si estaba pintada en la pared, que fui un retrato deseado por mucho tiempo, que nunca me vi hasta que lo hiciste tu. Uno frente al otro, viendo a la vida y la gente pasar.

Y de repente, tus ojos volvieron a mí y olvidé el desgaste del tiempo, de la lluvia y del sol. Tú también estabas distinto, la gente tampoco te miraba y también parecías una mancha; pero tus ojos seguían allí, intactos y hermosos como siempre. Ya nadie nos veía y eso era lo que más nos gustaba, porque nos volvimos ajenos a sus vidas y por fin, comenzamos a vivir la nuestra.

Dime, ¿todavía te gusta mi sonrisa?

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